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Gabriel García Márquez y el ciclismo

ramonhoyosEl premio nóbel de literatura Gabriel García Márquez escribió, a lo largo de su trayectoria como periodista varias crónicas relacionadas con el mundo del deporte. Fútbol, boxeo y ciclismo, deportes con gran arraigo en Colombia, fueron algunos de los temas sobre los que trató.

García Márquez entregó 14 capítulos sobre la vida de Ramón Hoyos, nacido en Marinilla, Antioquia, bautizado por la prensa colombiana como “El escarabajo de la montaña”, mote por el que a partir de entonces se conocería a los ciclistas colombianos, por su talento en los grandes puertos ciclistas de todo el mundo. Fue Mirón, otro cronista deportivo de la época, el que, fruto de un error, llamó a Hoyos escarabajo cuando en realidad quiso decir saltamontes. De ahí el apodo erróneo que aún se aplica a los escaladores colombianos. Y es que ya me diréis en qué se parece un escalador a un escarabajo 🙂

Volviendo al tema del que trata el artículo, el reportaje sobre Hoyos, se adentra a la vida cotidiana del ídolo deportivo, desde sus orígenes hasta su participación en la Vuelta a Colombia. El antioqueño que aprendió a correr leyendo libros. 

  1. El triple campeón revela sus secretos.
  2. Todo por 20 centavos.
  3. ¡Han matado a Ramón Hoyos!
  4. Triunfo por falta de frenos.
  5. “La mayor tontería de mi vida”.
  6. La catástrofe de La Pintada.
  7. ¡… A la Vuelta a Colombia!
  8. Un cabo decidió mi carrera.
  9. Primera etapa ganada.
  10. Consejos a un joven ciclista.
  11. La ovación en Antioquia.
  12. Empieza duelo con Forero.
  13. Secretos de la IV Vuelta.
  14. Al conocer la tragedia.

Capítulo 1. El triple campeón revela sus secretos

Mi primera rueda

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El 9 de febrero de 1939 llegó a la escuela rural de Chorro Hondo —a 10 kilómetros de Marinilla, Antioquia— un niño de siete años, tímido, montuno, completamente embarrado y chorreando agua sucia por todos los lados. Ese niño era yo, Ramón Hoyos Vallejo, y este es mi recuerdo más antiguo: mi primer día en una escuela pintada de blanco entre frescos naranjos, a donde me llevaron mis dos hermanos mayores, Juan de Dios —que ahora es propietario de un café— y José, que ahora es chofer de taxi. Me llevaron porque yo me empeciné con la idea de que ya estaba en edad de aprender a leer y escribir, cuando a duras penas había aprendido a caminar. Y fue precisamente esa mañana cuando sentí el incontrolable impulso de batir mi primer récord: cuando me llevaban a la escuela traté de saltar una quebrada —habiendo podido pasar por el puentecillo— y caí despatarrado dentro del agua.

Mis primeros pecados

Aquella caída —que considero como mi primer accidente— fue ocasionada por mi natural, irreprimible y afortunada vocación de andar siempre demasiado aprisa. Desde mi nacimiento he andado tan aprisa que no me explico cómo no soy el mayor de mi familia. Pues el día en que fui por primera vez a la escuela sin tener edad y traté de saltar una quebrada sin tener fuerza ni estatura, apenas tenía siete años y ya era un cristiano con tres sacramentos: el bautismo, que recibí a los dos días de nacido; la confesión y la comunión. Ahora no lo recuerdo, pero sé que fue al robusto y benévolo padre Toro, de Marinilla, a quien confesé mis primeros pecados, a los cuatro años y medio. Naturalmente, no recuerdo cuáles fueron esos pecados, ni puedo imaginármelos.

“El Padre Hoyos”

Me llamo Ramón porque así se llamaba el padre de mi padre. Nací el 26 de mayo de 1932, en la arisca fracción de La Cuchilla, municipio de Marinilla, en el rancho de mi abuela paterna. Allí vivieron mis padres, Antonio y María Jesús, hasta poco después de mi nacimiento. Luego compraron un rancho, con un huerto y un corral para los cerdos y otro para las gallinas en la fracción de Chorro Hondo, y se dedicaron a sembrar plátanos y maíz y a criar animales. No recuerdo qué hice antes de ir a la escuela por primera vez. Pero lo que ocurrió después lo recuerdo perfectamente: la maestra, doña Ana Arbeláez, que vivía en la escuela con sus padres y cuidaba al mismo tiempo de los niños y los naranjos, me regaló una caja de lápices de colores “para que aprendiera a ser pintor”. Pero ya yo iba más lejos: quería ser cura, como el padre Toro.

“La importancia de saber aritmética”

Dos años estuve en la escuela rural. Dos años que son uno, pues los varones sólo teníamos clases por la mañana. Costó trabajo para que me entrara en la cabeza la escritura, y especialmente la ortografía, que sigue siendo mi mayor preocupación. En cambio —porque quería ser cura— tenía una extraordinaria facilidad para aprender catecismo. Y, modestia aparte, era el mejor estudiante de aritmética. Ahora he perdido la primera aptitud. Pero la segunda se me ha desarrollado con la práctica y puedo hacer cálculos mentales con notable facilidad, especialmente cómputos de tiempo y velocidad y operaciones de tanto por ciento. En muy pocos minutos, andando en mi bicicleta, puedo darme cuenta de mi posición exacta en una competencia deportiva, sin necesidad de utilizar lápiz y papel.

A medias y sin zapatos

Estoy recorriendo distancias desde los nueve años. A esa edad me matricularon en la escuela de Marinilla, porque ya estaba muy adelantado para la escuela rural. Ese fue el primer período de entrenamiento, mucho antes de conocer una bicicleta e incluso mucho antes de saber que un ser humano podía andar sobre dos ruedas. Tenía que recorrer tres kilómetros de a pie, a las seis de la mañana, por un camino helado, escabroso y solitario. Al principio demoraba más de una hora para llegar desde mi casa hasta la enorme escuela de Marinilla, que ocupaba una manzana entera. En las actuales circunstancias, y con el camino en iguales condiciones, podría recorrer esa distancia en treinta y un minutos sobre una bicicleta, si es que no sufro cuatro pinchazos y me rompo la crisma contra las piedras.

Mi primera rueda

Con el cambio no variaron mis aficiones: seguí entendiendo el catecismo y la aritmética y teniendo problemas con la escritura y la ortografía. Pero ahora tenía otro problema: la historia. Tenía dificultades para distinguir a Bolívar de Santander, cuyos retratos pendían de las paredes, al lado de una fotografía monumental de doña Simona Duque, la famosa educadora de Marinilla. El maestro, don Miguel Rivera, un hombre delgado, paciente y cordial, evocó aquella época hace pocos años, cuando obtuve mis primeros triunfos deportivos y con un discurso me ofreció un banquete en Marinilla.

Los seis kilómetros de ida y vuelta no duraron mucho. Mis padres cambiaron el rancho de Chorro Hondo por una casa en Marinilla. Pero cuando eso ocurrió, ya podía yo recorrer tres kilómetros en casi media hora, no sobre dos ruedas, como podría hacerlo ahora, sino detrás de una sola: había comprado un aro y lo llevaba rodando todos los días a la escuela. Ese fue mi primer contacto con las ruedas.

En principio fue la verdad

Fue el primero. Pero el segundo no tardó mucho tiempo. En el camino de mi casa de Marinilla a la escuela había una calle angosta, pedregosa y muy inclinada. Allí no podía dominar el aro. Entonces pensé que aquella calle era ideal para descender por ella en uno de esos carros de madera, con cuatro ruedas, en que los mensajeros de Marinilla transportaban mercancía. Se me incrustó esa idea en la cabeza, sacrifiqué los centavos que me daban para las onces en la escuela; ahorré metódicamente, y por último conseguí que mi madre me ayudara hasta completar dos pesos. Un carpintero, cuyo nombre no recuerdo, me fabricó el carro.

En los periódicos se dice que soy un buen trepador. Se admite como cierto que pierdo tiempo y terreno en las bajadas. Sin embargo, mis primeros contactos con la velocidad comenzaron de arriba hacia abajo, cuando descendía hacia la escuela en aquel destartalado y rudimentario carro de madera. Hoy, sobre una bicicleta, no soy capaz de desarrollar la velocidad a que bajaba todas las mañanas, hasta la escuela de Marinilla, donde el maestro Rivera me decía: “Ramón, acuérdate que la mucha carrera trae cansancio”.

Los golpes enseñan

Durante los años en que estuve corriendo, descolgándome en aquel vehículo que por primera vez me proporcionó el placer de la velocidad, no sufrí ningún accidente. En cambio, mi carrera ciclística ha tenido muchos más accidentes que victorias. Prácticamente en el único vehículo en que no he sufrido accidentes es en un triciclo: nunca tuve uno durante la infancia. Y cuando pude tenerlo ya no estaba para andar sobre tres ruedas.

Dos días antes de concentrarme para viajar a París, a participar en La route de France, estuve a punto de matarme en la carretera de Envigado, cuando una camioneta quedó destrozada al estrellarse contra un camión. Dos días antes de viajar a Cali, el año pasado, para participar en los Juegos Atléticos Nacionales, en el equipo de las fuerzas armadas, me rompí la cabeza y me fracturé las dos manos, en una motocicleta. Cuando viajábamos en avión, de Pasto a Popayán, en la última Vuelta a Colombia, uno de los motores dejó de funcionar en el aire y tuvimos que hacer un aterrizaje de emergencia. De estos accidentes hablaré detenidamente en el curso de este relato. Por ahora, me interesa demostrar que mi vida ha sido una larga cadena de accidentes. Ahora mismo tengo un automóvil convertible, color verde, con placas 2993, de Medellín, y lo conduzco con mucha prudencia, a velocidades normales, porque sé que tengo mala sangre par los accidentes. Sin embargo, mis amigos aseguran que manejo el automóvil como si fuera en una bicicleta: embalado.

La culpa no era mía

A nada quiero más en este mundo que a mis bicicletas. Y cuando estaba en Marinilla, a los 11 años, a nada quería tanto como a mi carro de madera. Lo pintaba. Le ponía toda clase de adornos y lo mantenía en perfectas condiciones, como si hubiera sido un carro para competencias. Y empezó a serlo en pocos meses: varios compañeros de escuela compraron vehículos semejantes, de manera que todas las mañanas, al mediodía y por las tardes bajábamos por las calles de Marinilla en medio del tremendo traqueteo de las ruedas talladas a cuchillo. Nunca fui campeón en esas competencias, por lo mismo que pasó mucho tiempo antes de que pudiera serlo en las competencias ciclísticas: porque no me ayudaba el vehículo. En realidad, no tuve una bicicleta buena y bien acondicionada hasta cuando participé en la III Vuelta a Colombia.

Adiós, Marinilla

Mi prisa por llegar a alguna parte me hacía pensar, en 1942, en abandonar la escuela para trasladarme a Medellín. Allá estaban mis dos hermanos mayores, trabajando en la heladería San Ignacio —que todavía existe, en Abejorral con Bomboná— y que en esa época era de propiedad de don Pedro Nel Restrepo. Me parecía que mis hermanos habían ganado una notable ventaja y que yo no tenía más que abandonar la escuela, subirme en cualquier cosa que pudiera moverse sobre dos ruedas y alcanzar a mis hermanos en la heladería de Medellín. Si la carretera de Marinilla hubiera sido un largo plano inclinado, seguramente me habría largado en mi carro de madera. Era lo único que quería entonces, pero desgraciadamente en esa época no disponía de ningún vehículo que sirviera para trepar.

En menos de dos años —y ahora no sé por qué— se me había olvidado que cuando estaba en la escuela de Chorro Hondo quería ser mayor rápidamente, para hacerme cura.

Así empezaron las cosas

Marinilla es una población grande y próspera, con 16.000 habitantes y numerosas bicicletas. Pero en 1942, cuando yo tenía diez años, tenía dos de vivir allí y no recuerdo haber visto jamás una bicicleta. Pero en ese año llegó a la ciudad un extranjero gordo y rubio, a quien se conoció con el nombre de Juan de la Cruz, sin apellidos. Ese hombre instaló un negocio insólito: alquiler de bicicletas, a diez centavos el cuarto de hora. Tenía cuatro bicicletas de turismo, viejas, remendadas con alambre. Recuerdo haber pasado varias veces por su taller y haber visto los misteriosos vehículos de dos ruedas, pero recuerdo haber creído que eran piezas de otros vehículos: carros desarmados. No se me ocurrió nunca que pudiera avanzarse sobre dos ruedas.

¿Qué es eso tan raro?

A las cinco y media de la tarde, un día que, como siempre, regresaba de la escuela en mi carro de cuatro ruedas, me quedé perplejo, sin dar crédito a mis ojos: un muchacho bajaba la calle, muy campante, sin hacer el menor esfuerzo, avanzando y cómodamente sentado sobre uno de aquellos vehículos de dos ruedas. Aquello parecía imposible.

Estupefacto, detuve mi carrito, me quedé contemplando por un momento el vehículo que daba vueltas, que giraba en torno a un centro varias veces sin perder el equilibrio. Al cabo de un momento me atreví a preguntarle a su conductor:

—¿Cómo haces para no caerte?

Y él me respondió:

—Es con secreto.

Esa noche, cuando todavía no me había repuesto de mi perplejidad, me explicaron que aquel extraño vehículo era una bicicleta.

NOTA DEL REDACTOR
Cinco días de reportaje continuo

La primera impresión que produce Ramón Hoyos es la de ser un muchacho de cuerpo débil y espíritu rudo. Pero a las pocas horas de estar conversando con él, cuando se ha roto el hielo y uno se ha ganado su confianza, se descubre que es exactamente todo lo contrario: tiene un cuerpo delgado, pero sólido, con extrañas y pedregosas protuberancias en los bíceps, y el carácter suave, cordial y hospitalario de los campesinos antioqueños. “En ocasiones se muestra tan seco, que es casi agresivo”, se ha escrito recientemente sobre Ramón Hoyos. Y se ha agregado: “No es ni mucho menos un hombre simpático”. Ese es uno de los pocos comentarios de prensa que le han disgustado. Y explica: “Cuando me hicieron ese reportaje, tenía mi primer día de descanso en Medellín, en la V Vuelta a Colombia. Estaba cansado y todo mi día de reposo se me fue en esa entrevista”.

Razones para el mal humor

En realidad, Hoyos es un hombre dócil con los periodistas y extraordinariamente cordial con sus amigos y sus fanáticos. “Ahora soy más amable con ellos —dice— para que no me molesten diciendo que se me han subido los triunfos a la cabeza”. Y, sin embargo, durante los cinco días consecutivos que duró la entrevista que hoy empieza a publicarse, fue preciso encerrarlo en la oficina de la maternal y simpática visitadora social de Coltejer, doña Gabriela Arboleda, para poder sustraerlo a la atención de los fanáticos. En su casa es imposible: allí no hay vida privada. Durante todo el día, pequeños aprendices de ciclistas merodean en torno a ella, para que Ramón Hoyos les haga indicaciones. Hay una permanente romería de admiradores, que quieren conocer los trofeos. Al menor descuido, en medio de aquel desorden de gente desconocida que circula por la casa, se pierde una medalla o una copa. Es una situación de doce horas todos los días, que Ramón Hoyos sólo puede controlar echando llave a todos los cuartos de su casa y cargando las llaves en el bolsillo. Por eso, cuando él no está en la casa, todos los cuartos están con llave, y la pequeña sala con una pared cubierta por la bandera colombiana,
se encuentra totalmente llena de admiradores, en espera de que llegue Ramón y les muestre los trofeos. En el curso de esa entrevista, una anciana que había llegado a Medellín desde Sonsón, esperó durante ocho horas para conocer al campeón.

¿Quién puede vivir así?

En las calles de Medellín, donde todo el mundo lo conoce, pero especialmente los niños y las mujeres, no puede detener su automóvil en las calles centrales, porque los admiradores impiden que prosiga la marcha. Cuando se detiene a causa de las señales de tránsito, muchachos en bicicleta lo rodean y tratan de conversar con él. En cualquier momento en donde se encuentre, ocurre exactamente lo mismo. Sin embargo, Ramón Hoyos no pierde la paciencia y tiene que atender a las numerosas diligencias abriéndose paso a través de los admiradores. Para que pueda comer, es preciso despejar la casa. Durante las horas de la noche, interrumpen su sueño con serenatas. Desde cuando empezó a convertirse en la primera figura del ciclismo nacional, Ramón Hoyos no recuerda haber tenido un momento de verdadero descanso y soledad, salvo cuando se encuentra concentrado para las pruebas. Su cordialidad de ahora no es por tanto natural. Tiene motivos para estar de mal humor, pero no se recuerda que haya tenido una salida de tono con sus admiradores, a pesar de que le fastidiaban terriblemente. Esto puede considerarse como una prueba de su carácter bien controlado y de su buena educación natural.

Una memoria extraordinaria

Se expresa fluidamente, aunque de manera elemental. Pero tiene una memoria asombrosa, desconcertante, en especial para los acontecimientos estrechamente vinculados a su carrera deportiva. No hay un favor o un daño que alguien haya tratado de hacerle, que no lo recuerde con exactitud. Para los primeros es agradecido, e insiste en que se les destaque en este relato. Para los segundos, no parece rencoroso, pero es implacable en la manera de recordarlos.
Durante las primeras horas de estas entrevistas, Hoyos fue reservado y difícil. Más tarde se volvió entusiasta y manifestó su interés de que no se perdiera un solo detalle. Resultó ser franco, directo y sincero. Se tiene la impresión de que no ocultó ningún dato. Cuando se tropezó con un detalle esencial de su vida privada que, sin embargo, no quería ver publicado, rogó se guardara la reserva, pero explicó cuál era ese detalle. Esa circunstancia facilitó notablemente ese trabajo y permite afirmar que la biografía de Ramón Hoyos —tal como él la ha contado y ahora reconstruida periodísticamente— es lo más completo que en ese sentido podía hacerse.

Para contar con nombre propio

Ramón Hoyos no ha pedido reserva en relación con nombres propios y muy conocidos. La mayoría de esos nombres ha favorecido su carrera. Otros, especialmente de colegas suyos, han tratado de obstaculizarla y frustrarla. El triple campeón ha considerado que esos nombres y sus actuaciones deben figurar en su biografía, para hacerla más completa y válida. Y así se hará en el curso de estos relatos.
La biografía del campeón aparece escrita en primera persona, y en ella se ha conservado, hasta donde es posible en una reconstrucción de esta índole, el sabor y los términos en que la relató al redactor. Las conversaciones se prolongaron durante cinco días, en etapas de cinco horas diarias, interrumpidas. El campeón hablaba. El redactor orientaba su monólogo, pidiéndole ser más explícito o más sintético, de acuerdo con el interés del momento relatado. Se tomaron cincuenta y dos cuartillas de notas a en total, y veintinueve tazas de tinto, de las cuales el redactor no tomó ninguna. Se perdió la cuenta de los cigarrillos, porque el redactor encendía un cigarrillo con la colilla del anterior, y en este período de descanso Ramón Hoyos está fumando un promedio de 18 cigarrillos cada dos días.

Explicación para todos los días

En los momentos de descanso, Ramón Hoyos se dedicó a hacer diligencias, en su automóvil convertible. El redactor lo acompañó en esas diligencias, que aproximadamente se prolongaron durante tres horas diarias, en los cinco días. En esos momentos se conversó exclusivamente sobre la vida de Ramón Hoyos, pero no se tomaron notas, pues esas conversaciones no formarán parte de la biografía, sino de las impresiones personales del redactor, que se publicarán en crónica aparte. Esta es la primera de esas crónicas.
También en estas crónicas marginales se enfrentarán los conceptos de algunos otros ciclistas, con los que Hoyos ha expuesto en su biografía. Se publicarán asimismo conceptos del público y, especialmente, del simpático y locuaz entrenador argentino, Julio Arrastía, que llevó a Hoyos al campeonato. Por ejemplo: Hoyos aseguró al redactor —y así figura en la biografía— que conduce su automóvil con prudencia y a velocidad normal. El redactor tiene otra opinión: Hoyos no puede controlar en ningún caso su afán de velocidad, conduce a velocidades peligrosas, y el jueves de la semana pasada, a las tres de la tarde, su automóvil estuvo a punto de ser destrozado por un camión. Se respetarán, en todo caso, los detalles de la vida privada de Hoyos cuya reserva él ha exigido. El redactor se permite, sencillamente, asegurar que esos detalles no son esenciales para el interés y la eficacia de la biografía.
Al concluir las entrevistas Ramón Hoyos siguió mostrándose cordial, pero visiblemente fatigado. Cuando se despidió del redactor, se frotó los ojos, estiró las piernas y dijo:
—Esto cansa más que la Vuelta a Colombia.

Capítulo 2. Todo por 20 centavos

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NUNCA ME INTERESÓ LA BICICLETA. EMPACANDO HELADOS. IDA Y VUELTA A BUENOS AIRES. “EL POBRE MENSAJERO DE ENFRENTE”. PARA GANAR 36 PESOS APRENDÍ A MONTAR EN BICICLETA. 120 TROFEOS HASTA AHORA. NADIE CONOCE MEJOR A MEDELLÍN.

Transcurrieron algunos meses antes de que pensara en subirme en una de las bicicletas que alquilaba Juan de la Cruz. Recuerdo haber visto varias veces, con mucha curiosidad, hombres que pasaban en bicicletas por las calles de Marinilla. Pero ya no me llamaban la atención. Creo que me parecía imposible que se pudiera conservar el equilibrio y al mismo tiempo dar vueltas a los pedales y controlar la dirección con las manos. De manera que nunca hice proyectos relacionados con las bicicletas, y seguí asistiendo a la escuela, entendiendo la aritmética y aprendiendo cada vez menos la ortografía, y buscando la manera de viajar a Medellín, para trabajar en la heladería. Eran simples deseos de estar con mis hermanos, de ganar tanto dinero y de ser tan independiente como ellos, y no por la tentación de los helados, porque entonces no me gustaban y ahora tampoco me gustan los helados.

Por primera vez

Fue para mí tan insignificante la tentativa de subirme a una bicicleta, que no es ese uno de mis recuerdos más claros. Por pura curiosidad —cuando ya casi todos mis compañeros eran ciclistas hábiles— decidí hacer la prueba, porque me sobraban diez centavos para invertirlos en un cuarto de hora de experimentación. Nada se perdía, pensaba. Y en efecto no se perdió nada. Ni se ganó nada. Juan de la Cruz me alquiló una bicicleta de mujer —sin barra— pintada de negro y muy pequeña. Uno de mis compañeros la sostenía por el galápago, me impulsaba, y yo salía disparado, haciendo cabriolas, hasta cuando encontraba alguna cosa en que apoyarme. Varias veces repetí la tentativa con iguales resultados. Hoy me doy cuenta de que sólo puedo hacer bien una cosa cuando tengo verdadero interés en hacerla, y no tenía mucho interés de montar en bicicleta, ni la idea de hacerlo bien me proporcionaba alguna emoción. Lo que quería era irme para Medellín, a trabajar en la heladería San Ignacio. Y lo hice a los once años, en un bus, cuando todavía no sabía sostenerme sobre dos ruedas. No me fugué de la casa. Me fui con permiso, ropa limpia y dinero para el pasaje. Eso fue en las vacaciones de 1943.

“El pobre repartidor”

Desde cuando estoy participando en competencias ciclísticas —hace cuatro años— he recorrido aproximadamente 9.000 kilómetros oficiales en 450 horas. Es como haber hecho un viaje de ida y vuelta a Buenos Aires. He perdido la cuenta de las veces que he alcanzado una meta. Pero puedo sentir que ninguna meta me ha proporcionado la emoción que sentí el 2 de diciembre de 1943, cuando llegué con mi bolsa de papel y mis alpargates nuevos a Medellín, a donde trabajaban mis hermanos.

El propietario, don Pedro Nel Restrepo, me recibió como empacador, con menos de un peso diario. Aquello no alcanzaba para nada. Pero yo estaba satisfecho, porque nada me hacía falta. Era completamente feliz, empacando helados todo el día, y alegrándome de no ser el repartidor del granero Más por Menos —en la acera de enfrente—. El repartidor era un muchacho que desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde salía disparado en su bicicleta con la canasta llena de víveres para repartirlos a domicilio. A través del escaparate de la heladería, yo veía el mensajero de la tienda de víveres, entrando y saliendo con su bicicleta. Y sentía compasión por su suerte.

Una arroba de gloria

Desde hace varios años vivo en la casa número 8-58, del barrio Alejandro Echavarría, en Medellín. Es una casa pequeña con tres alcobas, comedor y cocina. Una de esas alcobas la habito yo solo, y tengo allí un tocadiscos tan grande como un ropero en el que me gusta poner tangos, especialmente. Es imposible colgar más cosas en las paredes, porque ya están materialmente ocupadas con menciones honoríficas, gallardetes, fotografías, recuerdos de los países que he visitado. Y entre ellos, un grande y precioso sombrero mexicano, bordado a mano, recuerdo de mi participación en el Circuito Ciudad Universitaria de México. Allí tengo, además, una Virgen del Carmen, de setenta centímetros de altura, que me dieron como premio por mi actuación en la última Vuelta a Colombia.

¡Así era yo!

A pesar de que yo ocupo dos de las tres alcobas de mi casa, no caben en ella todas mis cosas. Yo mismo no me explico cómo pueden vivir trece personas en el resto del edificio. Esto me da una idea de la forma en que se me ha complicado la vida. Hace dos años vivía cómodamente en un rincón de la heladería. Allí dormía, comía y guardaba todas mis cosas. Y allí seguí viviendo, hasta cuando una forunculosis me hizo regresar, un año y medio después, a mi casa de Marinilla, y a la escuela. Estaba tan acabado, que el maestro Miguel Rivera me reprendió “por la vida que te has dado en Medellín”. Y mi compañero José Vitricio Gómez, por cualquier incidente sin importancia, me dio una carga de pescozones que me puso verde. Así de débil era hace apenas once años.

Atascado

Durante mucho tiempo, mi deseo de andar siempre aprisa no encontró ninguna salida. Estaba atascado. Había regresado otra vez a Medellín, en 1945, y seguía empacando helados, con el mismo sueldo de antes, a pesar de que ya tenía trece años y me gustaba ir al cine y estaba empezando a fumar. Hace poco hice una declaración a un periodista: “Todos los ciclistas somos unos burros”. Es una exageración, pero hay algo de verdad: ahora pienso que mi vida sería algo completamente distinto si en vez de haberme empleado en la heladería hubiera seguido estudiando. Habría sido fácil, porque mi familia se trasladó ese año a Medellín, a una casa del humilde y tortuoso barrio Nacional, donde viví hasta después de que gané la III Vuelta a Colombia. Pero el caso es que si hubiera seguido estudiando, ahora no sería lo que soy, y a nadie la interesaría que le contara mi vida.

Mi primera carrera

En realidad, mi primer triunfo sobre un ciclista lo obtuve sin necesidad de perseguirlo en una bicicleta. El ciclista era el repartidor del granero Más por Menos que durante muchos años compadecí desde mi puesto de empacador de helados, y que más tarde empecé a admirar, no porque fuera tan hábil en la bicicleta, sino porque supe que se ganaba un peso con veinte centavos todos los días. Así como ahora me propongo ganarme un torneo y comprometo todas mis fuerzas en la empresa, así me impuse a los catorce años la tarea de conseguir el puesto de repartidor de la tienda de víveres.

Era una competencia y necesitaba entrenamiento: reduje mis gastos, y todas las tardes, cuando terminaba mi trabajo en la heladería, me iba a practicar ciclismo en una bicicleta alquilada. Pagaba cuarenta centavos por una hora, a una agencia sin nombre que en esa época funcionaba en la calle Juan del Corral. Progresé rápidamente. Yo mismo me asombraba de poder soltar los manubrios y hacer, a los pocos meses de entrenamiento, toda clase de filigranas. Necesitaba ganarme 36 pesos mensuales. Y estaba dispuesto a ganármelos aunque fuera sobre una bicicleta.

Mi primer triunfo

Conozco toda, absolutamente toda la nomenclatura de Medellín, a pesar de que las direcciones son arbitrarias y complicadas. Y no la conozco porque fui mensajero, sino porque antes de sentirme preparado para el nuevo empleo, me entrené también en el aprendizaje de las direcciones. Eso también formaba parte del entrenamiento.

Cuando me sentí capacitado para llevar una canasta de víveres en pocos minutos a cualquier lugar de la ciudad, renuncié a la heladería y ofrecí mis servicios al propietario del granero Más por Menos. Me dijeron que volviera en la tarde. Fui en la tarde, y entonces me dijeron que estaba admitido. Empezaría a trabajar el día siguiente, a las ocho de la mañana, con treinta y seis pesos mensuales. No dormí bien esa noche a causa de la emoción, pensando que en adelante podría ir al cine con más frecuencia y fumarme un paquete de cigarrillos cada tres días.

Mi primer premio

A las ocho en punto estaba en el granero. Me hicieron entrega de la bicicleta: un armatoste viejo y pesado, con una canasta para los víveres. Me suministraron algunas instrucciones muy precisas y luego una dirección, que localicé mentalmente al instante. Por último me soltaron en mi bicicleta, con la canasta llena de plátanos, fideos y toda clase de víveres. No había problema: era tan fácil mantener el equilibrio en una bicicleta cargada de cosas de comer como en una bicicleta vacía. La calle donde se encuentra situado el granero —que todavía existe— es una calle ciega: sólo tiene dos esquinas. Una es el granero. La otra es la heladería.

Para hacer mi primer mandado debía dirigirme hacia el sur, por las vías arterias de mayor tránsito. Orienté mi rumbo en ese sentido, por la estrecha calle empedrada, y me lancé satisfecho y optimista, a la conquista de mis treinta y seis pesos mensuales.

Y mi primer accidente

Sin embargo, un detalle había olvidado en mi entrenamiento: las reglas del tránsito. En esa época había semáforos en Medellín. En la primera esquina, a la que desemboqué por vía contraria, el semáforo estaba en rojo. Yo seguí derecho, todavía en vía contraria: empezaba a embalar.

De lo único que me di cuenta fue del tremendo golpe en la frente y en la rodilla izquierda. Cuando recobré el conocimiento, todavía entorpecido por el golpe, la bicicleta estaba maltratada y los víveres dispersos, en el pavimento. Sólo más tarde supe lo que había ocurrido: un camión me había hecho volar patas arriba, con bicicleta y todo. Cuando regresé al granero, cojeando y con los víveres arrastrando, mi nuevo jefe, muy condescendiente, muy paternal, me dijo:

—Hijo mío, si quieres ser buen repartidor, aprende a montar en bicicleta.

Nota del redactor

Perfume para limpiar trofeos

Ramón Hoyos no hizo más estudios que los relatados en las primeras dos crónicas: dos años —que fueron uno— en Chorro Hondo, y dos años en Marinilla. “Mi mayor preocupación es ahora la ortografía”, dijo en la primera entrevista. Y en la segunda —porque alguien le dijo que el redactor había escrito una novela— preguntó intrigado:
—¿Cómo hizo usted para aprender la ortografía?
Honestamente, el redactor le respondió:
—Eso no se aprende nunca. Mis errores los corrige el linotipista.
Sin embargo, el campeón no quedó satisfecho con esa respuesta. Quiere tener buena ortografía —y no la tiene tan mala como él mismo cree—, pero no se decide a estudiarla, en parte porque ahora no le alcanza el tiempo, y también en parte porque está un poco desconcertado y no sabe por dónde empezar. “Un campeón de ciclismo deben tener buena ortografía”, y eso le inquieta. Pero no se decide a empezar. La carta autógrafa que dirigió al italiano Fausto Coppi y que publicó El Espectador tenía una ortografía intachable: la vigiló su entrenador argentino, Julio Arrastía.

Cuento de loras

A pesar de su tardía preocupación por el estudio, es evidente que Ramón Hoyos no llegó a las letras mayores porque no tuvo interés. Desde la niñez se manifestaron sus dos características dominantes: su independencia y su férreo sentido de la propiedad. Esas características son el núcleo de su vida. La casa donde ahora vive con otras trece personas que el campeón protege, tiene adentro muy pocas cosas que no sean de su propiedad. Ramón es dueño de todo, hasta de la autoridad en la casa, a pesar de que vive en ella uno de sus hermanos mayores, y vivió también su padre, hasta cuando se casó en segundas nupcias. Su presencia está en todos, absolutamente en todos los rincones de la casa. Hasta en la lora que trajo del Brasil, que canta canciones en portugués y que desde su estaca del patio sólo sabe decir una palabra en español:
—¡Ramón!

El único

Los deseos de Hoyos se cumplen en su casa como si fueran órdenes. Y él los expresa con severidad, pero nunca con violencia. Un miembro de la familia explica su conformidad: “Es el único campeón que tenemos en la casa”. Y le siguen la corriente en su propósito de que nadie toque las cosas que le pertenecen. Con respecto al enorme tocadiscos de su dormitorio, Hoyos tiene razón para no permitir que nadie lo haga funcionar: por descuido suyo, cuando regresó a casa el día de descanso de la V Vuelta a Colombia, el valioso artefacto estaba dañado.
Él mismo es excesiva, casi enfermizamente cuidadoso con sus propiedades. Una Virgen del Carmen, de 60 centímetros de altura, que recibió entre los numerosos regalos por su último triunfo, está expuesta en un rincón de su dormitorio, pero todavía envuelta en papel celofán.
El colmo de sus cuidados se manifiesta en sus 120 trofeos, metódicamente dispuestos en una enorme vitrina de complicada cerradura, o sobre los muebles de su dormitorio. En este último sitio están los trofeos predilectos, y por consiguiente los que ganó en Puerto Rico, que según dice, “son los mejores de todos”. El jueves de la semana pasada, el redactor entró en la habitación de Hoyos y percibió un intenso color a perfume. Sin camisa, el campeón limpiaba sus trofeos, cosa que hace una vez por semana.
—¿Con qué los limpia? —le preguntó el redactor, intrigado por el perfume.
Hoyos mostró el algodón embebido que tenía entre los dedos.
Dijo:
—Con agua de colonia.
Y es verdad: gasta aproximadamente un frasco cada quince días.

“¿Cuánto vales?”

Esa es la única manifestación de despilfarro que se le conoce. Es un hombre excesivamente metódico en sus gastos, con un extraordinario sentido del ahorro pero sin llegar en ningún caso a la ridiculez. Es atento, hospitalario, y le gusta atender razonablemente a sus amigos. Sólo que nunca pierde la lucidez aritmética, y sabe con exactitud para qué necesita el dinero: “Cualquier día me quemo, y entonces me muero de hambre”, dice.

Defensa de la pobreza

La cuantía de sus ahorros es una de las zonas impenetrables de la biografía del campeón. En apariencia, vive y sostiene a su familia con los cuatrocientos pesos mensuales que gana por su trabajo, como impresor en la fábrica de tejidos. Pero la curiosidad pública —que trata de averiguar todo lo relacionado con el campeón— se pregunta qué ha hecho con sus derechos de publicidad. Hoyos insiste, y es cierto, que no son ingresos apreciables. Y recuerda: “Por media docena de camisas que me regaló, una conocida fábrica elaboró su anuncio de un cuarto de página”.
No niega el campeón su formidable capacidad de ahorro. “Cuando no sirva para nada —dice— no me quedarán sino trofeos y medallas, que no valen cinco centavos”. Pero si se profundiza un poco más en su biografía, se descubre que Ramón Hoyos tiene bien desarrollado el sentido de la seguridad económica desde la infancia. Confiesa que aprendió a andar en bicicleta no por afición ciclística, sino por ganarse veinte centavos todos los días. Sus amigos le hacen bromas en ese sentido. Pero él, simpático, cordial, no se siente molesto. Parece que otra de sus características —una característica muy antioqueña— es saber siempre para dónde va, sin importarle mucho lo que se diga. Y en su caso, a mayor velocidad que nadie.

Capítulo 3. ¡Han matado a Ramón Hoyos!

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MIS EXPERIENCIAS COMO APRENDIZ DE CARNICERO, ALBAÑIL Y ASCENSORISTA. VÍCTOR ME ABRIÓ LOS OJOS. ¡YO APRENDÍ A CORRER EN GÁLAPAGO DE HIERRO! ENTRENAMIENTOS CON BAILE Y CIGARRILLOS EN EL CLUB SAETA. ¡Y, POR FIN, MI PRIMERA CARRERA!

Porque ganaba más había cambiado la heladería por el granero. Y porque todavía era posible ganar más, cambié a los seis meses el granero por un expendio de carne. En La Bandera Blanca, una carnicería moderna, con un congelador del tamaño de mi dormitorio actual y servicio a domicilio, me recibieron como repartidor en bicicleta, con sesenta pesos mensuales. Comencé a aprender los numerosos secretos de la bicicleta, no porque tuviera la aspiración de ser ciclista —en una época en que no se hablaba de ciclismo deportivo— sino porque la destreza en el manejo de mi bicicleta debía considerarse como un progreso en mi oficio de repartidor. Después del accidente de mi primer día en el granero, del cual me repuse con tres o cuatro magulladuras leves, no volví a sufrir ningún otro percance ciclístico, pues en poco tiempo aprendí las reglas del tránsito y fui experto en el manejo del vehículo. Pero no sentía ningún placer sobre la bicicleta. Al contario, habría preferido andar a pie, si de a pie hubiera podido repartir la carne con tanta rapidez como lo hacía sobre dos ruedas. Por eso, al poco tiempo de trabajar en La Bandera Blanca, me había dado cuenta de que era mejor negocio ser carnicero que repartidor. Y me dispuse a ser carnicero.

El aprendiz de carnicero

Entonces fue cuando aprendí a volar en bicicleta. Mientras más rápidamente hiciera mis mandados, más tiempo me sobraba para aprender a distinguir y separar las diferentes clases de carne de una res. Por eso el propietario de la carnicería dice ahora que fui un magnífico empleado: en muy pocos minutos era capaz de llevar una libra de carne solicitada por teléfono desde cualquier sitio de la ciudad y estar de regreso en el expendio para recibir mi diaria, larga y complicada lección de carnicería. Aún hoy podría ejercer la profesión de carnicero, pues no he olvidado que un novillo tiene quince clases de carne diferentes, y sé cómo separarlas con el cuchillo y calcular su peso exacto antes de ponerlas en la báscula. Pero el caso es que mientras más progresaba en el aprendizaje de la carnicería, más me entusiasmaba con la perspectiva de mi nuevo oficio, y más rápidamente andaba en la bicicleta que pensaba abandonar para siempre en pocos meses. Así fue como aprendí a desarrollar grandes velocidades. Y fue así como progresé en la profesión de ciclista, creyendo que progresaba en la de carnicero.

Y el aprendiz de albañil

Definitivamente instalada en Medellín, mi familia también progresaba. Siempre hemos sido muy unidos en la casa. Con los escasos ahorros de todos —y especialmente con los de mi padre, que negociaba con productos agrícolas— nosotros mismos construimos una casa de adobe y tejas en el barrio Nacional. Los sábados en la tarde, mis hermanos y yo aprendimos a manejar el palustre y a pegar con mezcla bloques de adobe. De manera que también pasé por el oficio de albañil, hasta cuando la casa estuvo terminada y nos metimos a vivir en ella.
Pero ninguno de mis hermanos persistió en ese oficio: cansados de empacar helados, ellos también vinieron a trabajar en La Bandera Blanca. Yo había cumplido quince años. Compré mis primeros pantalones largos. Todos los sábados iba a cine, especialmente —como ahora— a las películas habladas en español. Tenía amigos en casi toda la ciudad. Algunos de ellos, que me acompañaban los sábado en la tarde, sabían que en numerosas ocasiones me quedaba a dormir en la carnicería. Por eso creyeron, un día de 1946, que me habían asesinado a puñaladas.

El día que me creyeron muerto

La cosa ocurrió de este modo: una noche fue asaltada la carnicería y descosido a puñaladas otro aprendiz que dormía en el establecimiento. Pero el cuerpo no fue hallado la primera mañana. Lo habían encerrado en el congelador y por casualidad nadie penetró a ese lugar durante doce horas. Dos días después del asalto, uno de los empleados abrió el congelador y encontró al muchacho boca abajo, tirado en el suelo, con la ropa manchada de sangre negra y endurecida de hielo. Yo estaba haciendo un mandado en el momento del hallazgo. En medio de la confusión, tratando de abrirme paso a través de la multitud que se agolpaba a la puerta de la carnicería, llegué en mi bicicleta en el preciso instante en que el cuerpo era transportado en una camilla hasta la ambulancia. A un desconocido del grupo le pregunté qué pasaba. Y me respondió sin pestañar:
— Nada. Que mataron a Ramón Hoyos.

Víctor me abrió los ojos

En la misma acera y en la misma cuadra de la carnicería, había un taller de reparación de bicicletas. Era un cuarto de madera, con incontables repuestos colgados en las paredes, entre las enmarcadas fotografías de artistas de cine. Allí se reunían a conversar todas las tardes los muchachos del barrio. Allí se reparaban las bicicletas de la carnicería. Y allí oí hablar, por primera vez en mi vida, del ciclismo deportivo. Entonces —a los 16 años— supe que una bicicleta puede servir para muchas cosas diferentes de repartir la carne.
Fue como si me hubieran abierto los ojos: me di cuenta de que en la bicicleta podía llegarse más lejos de lo que yo creía. Casi todo ese entusiasmo me lo infundió el mecánico, Víctor Betancourt, a quien debo y agradezco mi primer impulso de hacerme campeón.

“Esta bicicleta es mía”

Entusiasmado con el ciclismo deportivo, compré mi uniforme y comencé mis entrenamientos informales, en 1948. Milagrosamente, se me salió de la cabeza la idea de ser carnicero. Necesitaba progresar por otro lado, en un oficio que no me ocupara todo el tiempo, que no me agotara físicamente y que me permitiera seguir progresando en el ciclismo. Como una recomendación del propietario de La Bandera Blanca, fui a la fábrica de tejidos Coltejer. Me admitieron como obrero en el salón número cinco, de oficios varios. Y allí progresé rápidamente. A las tres semanas me aumentaron un centavo semanal. A los tres meses, me aumentaron dos pesos. A los seis meses, dos pesos más. Pasaba de una trabajo a otro, dentro de la fábrica, a una velocidad que se notaba siempre, menos cuando fui el conductor del lento y pesado ascensor de carga, que demoraba siete minutos para subir dos pisos. Después de un año de trabajo en la fábrica estaba ahorrando cinco pesos semanales. Tres meses después estaba ahorrando siete. Antes de cumplir quince meses había ahorrado ciento setenta pesos. En abril de 1949 —¡por fin!— compré mi primera bicicleta: una negra y casi nueva bicicleta de turismo.

Entrenamiento con baile y cigarrillo

En el taller de Víctor Betancourt, que todavía existe, crecía cada vez más el entusiasmo. Allí llegaban revistas deportivas de otros países. En ellas leíamos las incidencias de las grandes carreras internacionales. Nosotros soñábamos con participar en ellas algún día, y para estar preparados salimos a entrenarnos los sábados en la tarde. Ahora me doy cuenta de lo mucho que nos faltaba para llegar a ser campeones, con aquel sistema de entrenamiento. Los sábados en la tarde salíamos en pelotón para la hacienda Santa Cruz, de Víctor Betancourt, a 17 kilómetros de Medellín. No cronometrábamos el viaje. Fumábamos sobre la bicicleta, hasta ocho cigarrillos, en todo el trayecto. Si en alguna de las casas del camino encontrábamos un baile, sacábamos los vehículos al patio, bailábamos un rato y nos refrescábamos la garganta con un trago de aguardiente. Ya a la medianoche, cansados y un poco achispados, continuábamos nuestro entrenamiento.

El club Saeta

De cualquier modo, aunque no observáramos ningún régimen especial, de aquellos disparatados entrenamientos salió algo importante: el club Saeta, donde se han formado muchos de los buenos ciclistas antioqueños. Yo me cuento entre los fundadores de ese club, cuyo presidente es Víctor Betancourt, y con cuya camiseta participé en la II Vuelta a Colombia.
En 1951 había cambiado mi bicicleta de turismo por una de semicarreras, con placas número 1755. Esa es para mí una bicicleta inolvidable. En ella aprendí los primeros conocimientos técnicos, recorrí muchos kilómetros y me aficioné definitivamente al ciclismo. Ahora les he puesto nombre a todas mis bicicletas. Sin embargo, aquélla no tuvo ninguno y todavía no me explicó por qué.

Sobre un galápago de hierro

Tan engreído estaba con mi bicicleta de semicarreras, con mi uniforme y mis credenciales del club Saeta, que la recargué de adornos, de pesados accesorios deportivos, como lo hice en mi infancia con el carro de madera, en Marinilla. Instalé en los manubrios distintos tipos de reflectores, pero completamente inútiles porque no usaba batería. Instalé una larga y brillante antena, pero completamente inútil porque no tenía receptor de radio. En realidad, nunca he usado radio en la bicicleta, y sólo desde hace quince días que tengo uno, magnífico, que me regalaron por mi triunfo de la V Vuelta a Colombia.
Mi bicicleta 1755 parecía un altar, de tantas cosas que llevaba encima. Pero con esas cosas hice mis primeros entrenamientos en serio. Incluso con una barbaridad: un galápago de hierro, forrado apenas por un vellón de lana. Lo usaba, porque transcurrió mucho tiempo antes de que supiera que correr con un galápago de hierro es un disparate. En ese galápago aprendí a ser corredor. Y en ese galápago participé en la primera competencia oficial, el 24 de mayo de 1951.

¡Qué susto!

No se necesitaba estar inscrito en la Liga de Ciclismo de Antioquia para participar en aquella carrera: 110 kilómetros, desde Medellín hasta el pintoresco y desierto parquecito de Laureles. Cuando llegué al punto de partida, a las nueve de la mañana, con mi bicicleta cuidadosamente revisada por Víctor Betancourt y mi uniforme del club Saeta, estuve a punto de echarme atrás. Allí estaban, listos para participar en la competencia, los grandes de Antioquia: Pedro Nel Gil, Roberto Cano Ramírez, Tito Gallo y Antonio Zapata. Se me había dicho que era una carrera informal, pero la presencia de aquellos veteranos del ciclismo antioqueño me hizo comprender que me había metido en camisa de once varas. Sin embargo, temblando y con la boca seca, me incorporé al pelotón, me afirmé en mi sólido galápago de hierro, oí la señal de partida y salí disparado. Cinco minutos después, sólo me daba cuenta de una cosa: de que iba pedaleando como un loco, y de que el aire empezaba a faltarme en los pulmones.

NOTA DEL REDACTOR

“A QUE TE COJO, RAMÓN”

En Antioquia no se duda de que Ramón Hoyos seguirá siendo campeón durante varios años. Pero otra cosa no se duda: cuando Hoyos decaiga, su título quedará en poder de otro antioqueño. “Es cuestión de raza”, asegura el entrenador Julio Arrastía, un argentino que participó como ciclista en la I Vuelta a Colombia, como entrenador de sus compatriotas en la segunda y como entrenador de los antioqueños, desde entonces. Arrastía no duda de que —si las cosas siguen como hasta ahora— siempre habrá un antioqueño en la punta de las competiciones ciclísticas. Y los antioqueños, que tampoco lo dudan, atribuyen su seguridad a otra cosa: a la mazamorra.

El mayor peligro

Mientras se venera al campeón, ya se están barajando nombres para su sucesor. “Honorio Rúa es el hombre”, se dice. Y Hoyos está de acuerdo, pero a su manera.
—Si tuvieras que dejarle el campeonato a alguien, ¿a quién escogerías? —se le preguntó
—¿Si yo no quisiera seguir siendo campeón? —preguntó a su vez, con una astucia que demuestra la seguridad de que Hoyos se siente muy seguro de sus posibilidades. Si yo no quisiera seguir en esto —continuó— se lo dejaría a Rúa.
Pero no todos los antioqueños están de acuerdo con Hoyos. “Eso dice él —explican— porque Rúa es de su mismo equipo. Pero hay otros mejores”. Y Julio Arrastía dice:
—El mayor peligro para Hoyos es Reinaldo Medina.

Todos contra uno

Los motivos que tiene el entrenador argentino para creer que Reinaldo Medina será el sucesor de Hoyos, “mucho antes de lo que se cree”, son muy interesantes: Medina tiene 17 años, y sus condiciones son asombrosamente semejantes a las de Hoyos cuando tenía esa edad. “No han debido dejar correr a ese pibe”, dijeron los ciclistas argentinos, cuando lo vieron en la V Vuelta a Colombia. Y, sin embargo, Medina hizo un excelente papel. “Pesa lo mismo, lleva el mismo empuje y tiene la misma voluntad de Hoyos cuando tenía 17 años”, dice Arrastía. Y no lo dice, pero de su entusiasmo se desprende que espera para muy pronto el primer resonante triunfo de Medina. Por una razón:
—Hoyos no tuvo que luchar contra un Hoyos. Medina sí.

Secreto profesional

Esas especulaciones tienen una sede: el taller de reparación de bicicletas de Víctor Betancourt, que es al mismo tiempo un taller de ciclistas. Allí no se ve nada que no tenga algo que ver con las bicicletas. Ni se habla de nada que no tenga que ver con el ciclismo. Es al mismo tiempo un centro de rivalidad. A medio metro de distancia, conversando con distintos grupos, estuvieron el viernes de la semana pasada Ramón Hoyos y Héctor Mesa, sin dirigirse la palabra. No se hablan desde hace varios años. Pero el campeón es un hombre discreto. Cuando se le preguntó por qué no le dirige la palabra a Héctor Mesa, respondió, a secas:
—No sé.

La amenaza en una escoba

Pero así como hay rivalidades, hay también en el club Saeta un formidable ambiente de camaradería. Allí está el corpulento y atolondrado muchacho que en la V Vuelta a Colombia entró a Medellín detrás de Ramón Hoyos, como espontáneo, después de haberse pegado a la rueda del campeón en el Alto de la Mina. El reportero gráfico de El Espectador, Guillermo Sánchez, captó una fotografía que publicó este periódico al día siguiente, con el título: “A que te cojo, Ramón”. No tendría nada de raro que fuera ese un título profético. Ramón Hoyos dice: “A este loco hay que abrirle el ojo”. Y ese loco, que está ganando todas las competencias locales, que cubre con ruana y sombrero de campesino antioqueño y con una escoba amarrada a su bicicleta —como una bruja con dos ruedas— no sólo está absolutamente seguro de que Hoyos tiene razón, sino que espera conquistar el campeonato el año entrante.

¿Será posible?
Ese gigante de quince años, a quien “hay que abrirle el ojo”, se pasa el día subido en una bicicleta. “Es mi protegido”, decía Ramón Hoyos, sonriente, ya un poco paternal, un día de la semana pasada. “Dentro de dos años van a verlo”, agregó.

—¡Dentro de dos años! —protestó el muchacho—. Me van a ver el año entrante.
Sin embargo, aunque todos los muchachos antioqueños que aspiran a participar en las vueltas a Colombia se están entrenando excesivamente para destronar a Ramón Hoyos, el entrenador Arrastía asegura: “Hoyos no se ha detenido en su progreso. Cada día está mejor y me parece que aún tiene mucho margen para progresar, durante dos o tres años”.
El único que se atreve a dudar en Medellín de que sea un antioqueño el sucesor de Hoyos, es el mismo Hoyos. El campeón manifiesta, con toda franqueza, su temor a Jaime Villegas, el formidable ciclista caleño. “También en ese caso —dice— el campeonato quedaría en buenas manos”.

Capítulo 4. Triunfo por falta de frenos

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EL PRIMER TROFEO. “RAMÓN HOYOS VIO BRILLAR SU ESTRELLA”. POR PRIMERA VEZ EN LETRAS DE MOLDE. POR QUÉ TREPÓ BIEN Y POR QUÉ BAJÓ MAL. “QUE ME ECHEN, SI QUIEREN”. EMBALADO HACIA EL CAMPEÓN. 

A pesar de mi desesperada manera de pedalear en aquella inolvidable prueba a Laureles, vi adelantarse sin ningún esfuerzo a Conrado Tito Gallo, a Roberto Cano Ramírez, a Pedro Nel Gil y a Antonio Zapata. Yo creía en esa época que para ganar una carrera lo único que se necesitaba era pedalear con fuerza, empujar a ojos cerrados hasta llegar a la meta. Pedaleaba despernancado, sin ningún estilo, sin ninguna técnica. Ahora mismo se me critica la forma de correr: me gusta poner el jarrete en el pedal y dejar la pierna bien templada, con el cuerpo completamente descargado en el asiento. Ese estilo me da resultado. Hace cuatro años, en cambio, cuando participé en la primera carrera, no tenía la menor idea de nada. Tenía coraje y deseos de ganar. Pero era un muchacho de 19 años, flaco y débil. Pesaba 55 kilos. Hoy peso 66, pero no he engordado: son puro músculo, y los médicos dicen que tengo un tórax privilegiado.

El último entre 25

Aquella carrera a Laureles fue una catástrofe. A lo largo de los 110 kilómetros, en mi vieja bicicleta de semicarreras, sin cambios, no hice más que pedalear inútilmente. A los pocos momentos, se me perdieron de vista los otros participantes. No era mala la carretera, pero no llevábamos carros acompañantes, ni entrenador, ni nada. La presencia de los acompañantes infunde ánimo y confianza. Cuando uno corre como corrí aquella primera vez y se advierte que el pelotón se va desintegrando y uno va quedando atrás, agotado, asfixiándose, se cree que el ciclismo deportivo es algo misterioso, sin explicación.
Con frecuencia he sufrido una pesadilla: trato de correr, muevo las piernas incesantemente, con desesperación, pero no avanzo un milímetro. Así me sentía en la carrera a Laureles. Estaba reventado, y sin embargo los otros ciclistas, frescos y sin apuros, me habían ganado todo el terreno en pocos minutos. Cuando llegué al parquecito de Laureles, que con ocasión del evento había sido adornado con papel de colores, me sentía desconcertado: no veía el comité de recepción por ninguna parte. Ni siquiera sabía dónde era la meta. A alguien que pasaba por el parque, le pregunté:
—¿Dónde está la gente?
—Uf —me respondió—, todos se fueron hace rato.

Mi mala salud

Siempre he sido muy enfermizo. Y cada vez que voy a participar en una competencia, mi salud me pone a dudar de mis probabilidades. En aquel año de 1951 —que fue el año decisivo en mi carrera— padecía un trastorno del estómago que no me daba descanso. En Puerto Rico se me infectó el ojo izquierdo y tuve que correr después de que me inyectaron 2’000.000 de unidades de penicilina. En la última Vuelta a Colombia tenía gripe cuando salimos de Bogotá, y me estaba asfixiando en la primera etapa. Cuando no es una cosa es otra.
Y en los comienzos, cuando no era la afección al estómago o la forunculosis, eran los tambores de mi maltratada bicicleta. Por eso no cuento, entre mis primeros triunfos, la Doble a La Estrella, que gané corriendo contra Antonio Zapata Arboleda. Cuento la Doble a San Cristóbal, el 12 de junio de 1951, en la cual gané mi primera copa. Y me regalaron mi primera pantaloneta.

Con todo prestado

Para participar en la Doble a San Cristóbal no tenía prácticamente nada. Un sobrino de doña Gabriela Arboleda, la incomparable visitadora social de la empresa donde trabajo, tuvo que prestarme un aro. Se llama Jorge Zapata y en la actualidad es propietario de la bicicleta en que corrí en aquella prueba. Pidiendo prestado aquí, remendando allá, estuve listo por fin para participar en la prueba. Eran 10 kilómetros de subida y 10 de bajada, y mi bicicleta no tenía cambios. Pero no me importaba mucho. Estaba dispuesto a clasificar de cualquier modo, aunque me rompiera la cabeza en una vuelta del camino.

“Que me echen, si quieren”

En esa época, mi jornada de trabajo era de las dos de la tarde a las diez de la noche. Pensé en el riesgo que corría no asistiendo al trabajo, sin ninguna excusa. Sin embargo, pensé: “Que me echen, si quieren”. Y pensándolo, me puse mi uniforme, la camiseta del club Saeta, y mis zapatos de fútbol. Porque ese es otro de los inolvidables disparates de mi vida: corría con zapatos de fútbol, en una bicicleta sin cambios y sin repuestos. Y —como ya lo he dicho— en el galápago de hierro. Cada vez que me acuerdo de estas cosas, no me explico cómo pude llegar a ser campeón. Recuerdo perfectamente la largada, la serenidad de los ciclistas veteranos y el nerviosismo mío. Casi no podía apoyar los pies en los pedales, de tanto que me temblaban las rodillas.

Trepando bien

Al principio todo anduvo bien. Trepé como un veterano, con esa manera de trepar, segura y descansada que he tenido siempre, aun cuando no me ayudaba la bicicleta. Rápidamente, sin forzarme mucho, le saqué un minuto de ventaja al pelotón. En esa ocasión, por primera vez en mi vida, tuve la emoción de los fanáticos animándome a todo lo largo de la carretera. Yo iba en la punta, trepando a un ritmo seguro. Y por todo el camino, hombres, mujeres y niños, con sus instrumentos de labranza en la mano, me animaban con sus gritos a seguir adelante. No conocían mi nombre. Habían salido a saludar a los veteranos, y al ver a aquel muchacho flaco y nervioso que trepaba como un veterano, lo instaban a seguir adelante, sin conocer su nombre. Sólo porque lo veían trepar mejor que todos.

“Esta es la copa, Ramón”

Es inolvidable la llegada a San Cristóbal. Había música y madrinas con flores cuando llegué a la meta. Todavía faltaba la mitad de la prueba, en bajada, y yo temía por el comportamiento de mi vieja bicicleta sin cambios. Pero en la hora de descanso que tuvimos en San Cristóbal, yo me hice el firme propósito de ganar, por encima de cualquier obstáculo, y sólo por una razón: porque me mostraran la copa. Era un trofeo brillante, por el cual me habría hecho matar en mi desesperación de novato que quería llegar a alguna parte.
Durante una hora, la música estuvo tocando. Recuerdo las piezas alegres, las parejas bailando y el suelo lleno de flores pisadas y marchitas. Pero yo no pensaba en esa fiesta. Pensaba en que había llegado con un minuto de ventaja, y que debía agarrarme de ese minuto para ganarme el trofeo, así me costara la vida.

Bajando fuerte, pero sin culpa

No recuerdo haber bajado nunca con tanta velocidad y tanto entusiasmo como aquella vez. Pero había una explicación adicional: como mi bicicleta no tenía cambios, no me quedaba más remedio que cerrar los ojos y lanzarme por la pendiente, aunque me rompiera la crisma. Siempre he sido terriblemente nervioso para bajar. Por eso procuro sacar la mayor ventaja cuando trepo, porque la experiencia me ha enseñado que bajando no desarrollo todo lo que puedo, por el puro temor de matarme en las curvas, como ha estado a punto de ocurrirme varias veces. En aquella Doble a San Cristóbal bajé como un demonio, como nunca, y a pesar de todo me sacaron 20 metros a la meta. Pero yo tenía mi minuto de ventaja. En medio de una gritería confusa, temblando de emoción y de miedo y un poco atolondrado, creí que me había ocurrido un accidente y no me había dado cuenta. Pero lo que ocurría era otra cosa: había ganado. Y ese mismo día, en la meta, cuando la multitud se preparaba para pasearme en hombros, me entregaron la primera copa que conquisté en mi vida.

Mi pantaloneta

Fue un triunfo atronador. Pero no tanto como yo lo imaginaba, jadeante, con mi camiseta sudada. En Antioquia, esas competencias locales, que no tienen ninguna resonancia nacional, provocan el delirio de las multitudes, porque es de ellas de donde salen los campeones. Yo estaba completamente aturdido. Veía a mis amigos, a los muchachos del club Saeta, que me felicitaban con desbordado entusiasmo. Pero no veía a los fotógrafos de la prensa. Yo me imaginaba el triunfo como una cegadora tempestad de bombillas fotográficas, como lo es ahora, y como lo eran los triunfos de Conrado Tito Gallo y Pedro Nel Gil. Pero al finalizar la Doble a San Cristóbal no había más que ruidos, gritos y felicitaciones. Y un solo regalo: una pantaloneta de otomana que me llevó a la meta la esposa de Víctor Betancourt, porque estaba segura de que yo ganaría la competencia. Todavía uso esa pantaloneta, como recuerdo de mi primer triunfo sensacional.

“Ramón Hoyos”, en letras de molde

Naturalmente, no fui a trabajar ese día. La carrera terminó a las once y media de la mañana. Y después hubo fiestas y muchos comentarios y mucho entusiasmo. Yo veía andar el reloj y sabía que debía comenzar a trabajar a las dos de la tarde, pero seguía pensando: “Que me echen, si quieren”. Ahora tenía una copa, y lo único que me interesaba era celebrar mi triunfo, subir, seguir corriendo, alcanzar el campeonato; y tener muchas copas como la que había ganado aquel día. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que nunca pensé llegar a donde he llegado, ni tener 120 trofeos conquistados en cuatro años.
Ahora me preocupa mucho que los periódicos me ataquen, cuando son ataques injustos. Pero no busco la publicidad.  Pero aquella vez, siendo mi primera victoria, con 19 años, en una ciudad donde ya los ciclistas tenían fama nacional, esperaba con ansiedad los periódicos y no podía dormir. Ahora he visto mi nombre a ocho columnas, en las primeras páginas y con enormes fotografías. Pero no experimento la emoción que sentí aquella mañana del 13 de junio de 1951, en que vi mi nombre por primera vez en letras de molde. Fue en la página deportiva de El Colombiano, en un rincón, y en un titular que decía: “Ramón Hoyos vio alumbrar su estrella”.

“Haberlo dicho antes”

Cansado a causa del esfuerzo de la carrera y de la prolongada celebración de la victoria, todavía no tenía deseos de ir a trabajar. Me parecía que había llegado a la cumbre, que no tenía ningún compromiso con la fábrica sino sencillamente con mi título de ciclista. Sin embargo, la soledad en que me encontré aquel día, cuando todo el mundo volvió a la rutina del trabajo, me dio a entender que estaba equivocado. Muy asustado, a las dos de la tarde entre por el enorme portón de la fábrica y me dirigí directamente a la oficina del secretario, el gran Javier Jiménez, que es además, el encargado de los deportes.
Javier Jiménez me estaba esperando hecho una furia. —¿Por qué no vino a trabajar ayer? —me preguntó, indignado.
Resolví ser franco. Le dije:
—Porque estaba muy cansado de la Doble a San Cristóbal.
Aquello no sirvió de nada. Javier Jiménez seguía indignado. —Y por estar corriendo en bicicleta no vino a trabajar? —me dijo—. ¿Qué clase de excusas son esas?.
—Pero fue que gané.
Javier Jiménez miró el periódico, estupefacto. Su rostro cambió súbitamente de expresión, dio un golpe en el escritorio, sobre el periódico, y volvió a gritar:
—Idiota. ¿Y por qué no lo dijo desde el principio?

NOTA DEL REDACTOR

“EL MILAGRO ESTÁ EN SU TÓRAX”

Los fanáticos de Hoyos se enloquecen cuando al campeón le corresponde trepar. Se da por cierto que es mejor trepando que bajando. Al parecer es una idea sin fundamento. “Siempre he sido terriblemente nervioso para bajar”, dice Hoyos. Y señala el origen de este nerviosismo: nunca ha tenido accidentes trepando. En cambio, bajando ha estado a punto de matarse en las vueltas, desde cuando empezó a correr en bicicletas remendadas, cuidando tubulares y repuestos ajenos, hasta se estrelló contra una piedra, como cualquier novato, cuando representaba por primera vez a Antioquia en la II Vuelta a Colombia. Julio Arrastía, su entrenador, explica: “Hoyos baja tan bien como trepa, pero prefiere sacar tiempo subiendo, cuando no hay peligro, para no correr riesgos en las bajadas. Si Forero o Beyaert treparan tan bien como Hoyos, no se arriesgarían a bajar como ya se les ha visto bajar, matándose por lograr ventajas”.

El estilo no es el ciclista

Otra crítica muy popular entre las muchas que se hacen a Ramón Hoyos es su manera de pedalear. El triple campeón considera que su estilo le da resultado, y sigue corriendo así, sin importarle lo que se diga. En cambio, ha cambiado el estilo en los cuatro años que lleva de estar corriendo en competencias oficiales. “El estilo no sirve para ganar —dice—. Sirve solamente para que uno se vea bien en la bicicleta”. Y dice que no le gusta el estilo de los mexicanos, “porque van sentados muy bajo y la posición en la bicicleta parece incómoda”. Sin embargo, dice que esta posición les rinde a los mexicanos, y eso es lo importante.

Así corría Bartali

“Lo importante en Hoyos —dice Julio Arrastía— no es que suba sentado y abra las piernas, porque eso no es un defecto, como cree la gente”. Y agrega que lo importante es su extraordinaria capacidad de asimilación. Cuando comenzaron sus entrenamientos, en la Doble a Bolívar, después de la II Vuelta, Arrastía le dijo a Hoyos: “Vos como andás, tenés que cuidarte mucho, porque creo que vas a ganar la próxima Vuelta”. Entonces el actual campeón tenía muchos defectos y le faltaba experiencia, pero tenía las condiciones esenciales, que todavía conserva, pero ahora mejor desarrolladas: tenía la visión y el ansia del triunfo y una extraordinaria agilidad mental para definir situaciones. A quienes le dicen que Hoyos trepa despernancado, pedaleando lo mismo sentado que parado, Arrastía les contesta:
—Así corría Bartali.

Un hombre de la calle

Normalmente, Ramón Hoyos no observa una dieta especial. “Un buen ciclista deber comer carne de pulpa, verduras y muchas frutas”, dice Arrastía. Pero Hoyos, cuando no está corriendo, come cualquier cosa, fuma normalmente, y lleva la vida que puede llevar cualquier hombre ordenado. No tiene una hora precisa para levantarse ni para acostarse. Asiste a las fiestas que desea y hace allí lo que hacen todos. Pero en cambio, es inflexiblemente disciplinado en los entrenamientos y se ajusta con precisión a las indicaciones de su entrenador, a pesar de que tiene ideas propias con respecto al ciclismo. “El milagro está en su tórax —dice Arrastía—. Se le ha desarrollado tanto, que no hay el menor temor de que se asfixie cuando trepa. A eso hay que agregar la asombrosa elasticidad de su corazón”.

El oscuro mundo de los ciclistas

Al parecer, todas las falsas ideas divulgadas sobre la técnica de Hoyos, tienen un origen: los otros ciclistas. Ese es un mundo complejo, lleno de rivalidad, al margen del cual está Ramón Hoyos, como una figura que salió del pelotón y va en la punta de la popularidad. Muchos no se lo perdonan. En las tertulias de ciclistas, de aficionado o de simples fanáticos, se dice que Hoyos no tiene nada más que coraje. Se le considera como una especia de pequeño bárbaro, capaz de mantenerse por alcanzar una meta, pero sin ninguna técnica. “No es más que corazón”, se dice. Y Hoyos, a su vez, tiene mucho que decir de los otros ciclistas. La historia de sus rivalidades, de los obstáculos que han puesto a su trayectoria los otros ciclistas, es un cuento de nunca acabar.

“Por qué corre Samuelillo”

Sin embargo, hay algo indiscutible: nadie ha tenido más suerte para encontrar ayuda que Ramón Hoyos. Si entró a la II Vuelta a Colombia, cuando era un novato sin muchas esperanzas, fue en virtud de la terquedad de don Ramiro Mejía, un fanático que se gastó su plata en hacer ciclistas y que ahora vive en México. Y también mucho de lo que es hoy se lo debe al pequeño y conversador secretario de Coltejer, Javier Jiménez, encargado de los deportes, que se empeñó en sacarlo adelante desde cuando ganó su primer trofeo. En una oficina que arde como un horno a las dos de la tarde, Javier Jiménez es capaz de hablar durante 24 horas consecutivas sobre Ramón Hoyos, haciendo gestos hiperbólicos y estirando con entusiasmo sus cargadores elásticos, como si eso fuera una gimnasia de la memoria. “Era un flaco que no ofrecía ninguna esperanza”, dice, recordando el día que aquel tímido obrero entró a su oficina, a pedirle dinero prestado para comprar una bicicleta.
Sin embargo, Hoyos no olvida a quienes lo hay ayudado. Aunque hay un sector neutral, que no gusta de los ciclistas, en privado, porque considera que todos viven pensando que el otro trata de perjudicarlos, de obstaculizarles la carrera, de no dejarlos llegar a ninguna parte. Ese sector neutral ha hecho un mal chiste. Dicen:
—Todos los ciclistas tienen delirio de persecución.

Capítulo 5. “La mayor tontería de mi vida”

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RÉCORD A SANTA ELENA: ARREBATADO A TITO GALLO. “LO QUE ME HIZO ANTONIO ZAPATA ARBOLEDA”. UN CICLISTA QUE APRENDÍA A CORRER EN LIBROS. “A ÉSTE YA NO LO PARA NADIE”. LO QUE PUEDE PASARLE AL QUE MIRA PARA ATRÁS.

En realidad, el triunfo que me hizo popular en Antioquia no fue el de la Doble a San Cristóbal —a pesar de que con él gané mi primer trofeo—. Mi triunfo decisivo fue el de la Doble a Rionegro —quinta carrera oficial en que participaba— y en la que corrí contra Héctor Mesa, Saúl Palacios y León Arango. Varios de ellos eran de primera categoría. Yo era de tercera. Cuando me preparaba para participar en esa prueba, volvió a surgir mi viejo problema: necesitaba una bicicleta prestada, pues la mía estaba en muy malas condiciones. No confiaba en los tubulares.

Un amigo a quien expuse mi inquietud me prestó unos tubulares, con la condición de que los usara adelante. Sin embargo, yo sabía que me hacían más falta en la rueda de atrás, y allí los puse, dispuesto a ganar la prueba. Pero cuando mi amigo se dio cuenta del cambio, me gritó:
—No te permito que pongas atrás esos tubulares. Valen quince pesos.
Cansado de tantos préstamos, de tanta humillación, arrojé con rabia los tubulares prestados y acondicioné mi vieja bicicleta con mis viejos tubulares. Prefería correr mal y perder, y no seguir ganando con el favor ajeno.

Un récord indiscutible

A pesar de las condiciones en que corrí, sin carro acompañante, en una bicicleta averiada y con los tubulares inservibles, en aquella prueba batí mi primer récord: la subida a Santa Elena, que es la prueba definitiva de Antioquia. El récord pertenecía a Pedro Nel Gil, quien lo había hecho en 55 minutos. Yo salí de Miraflores —en la Doble a Rionegro— y llegué a Santa Elena en cuarenta y nueve minutos y treinta y cinco segundos. Fue un escándalo: se dijo que la carrera había estado mal cronometrada, que era imposible hacerla en 49.35, cuando Pedro Nel Gil, el grande de esa ápoca, había necesitado 55 minutos y nadie había podido superarlo. Sin embargo, mi carrera estuvo bien cronometrada, y batí el récord a pesar de mi bicicleta, y a pesar de mis tubulares. Y a pesar de todo.

Dos minutos y cuarenta segundos

Mi primer récord me infundió ánimos. Héctor Mesa y León Arango lograron descontarme algunos minutos en la bajada y en los terrenos planos. Allí ocurrió lo de siempre: había bajado con temor de pinchar, desconfiando de las condiciones de mi vehículo. Pero me sentía seguro de que al regreso podría recuperar el tiempo perdido. Y así lo hice. Desde cuando di la vuelta a la plaza de Rionegro, oyendo la ovación que me estimulaba para seguir adelante, empecé a sacarles minutos a mis contendores. Estaba tan entusiasmado, que bajé fuerte al regreso, sin acordarme de que un pinchazo habría podido acabar con mis ímpetus. Pero a pesar de mis condiciones desfavorables, logré descontar un minuto a la bajada de Santa Elena. Cuando entré a Medellín —al barrio Miraflores, donde ahora vivo— había descontado un minuto más a mis contendores. Llegué a la meta con dos minutos y cuarenta segundos de ventaja.

Gracias a “El Grillo”

Aquel triunfo me hizo pensar en la urgencia de equiparme lo mejor posible. Confiaba en mis conocimientos y en mi resistencia. Pero no podía confiar en mi bicicleta. En esas estaba, cuando fui seleccionado para participar en la prueba de trepadores que se lleva a cabo en Medellín, todos los años, con motivo del Día de la Raza. Aquello fue el 12 de octubre de 1951. Se admitían participantes de primera y segunda categoría. A mí me admitieron, a pesar de ser de tercera, y me dispuse a no desperdiciar la oportunidad. Para esa ocasión, tuve que agradecerle a Aurelio Toro —“El Grillo”, que entonces era ciclista y ahora corre en motocicleta— que me prestara su buen vehículo, bien cuidado y bien provisto.

Una entrevista importante

En la fábrica de tejidos Coltejer, donde trabajo, empezaba a circular el rumor de que yo tenía buenas perspectivas como corredor. Javier Jiménez se interesaba por mi trayectoria, e influía ante mis superiores para que se me diera un tratamiento excepcional, con base en su esperanza de que llegara a ser un buen ciclista. Me alegro de no haberlo defraudado. De haber llegado a donde Javier Jiménez esperaba que llegara aquel día de 1951 en que me presenté en la fábrica, a mostrar la bicicleta que me había prestado Aurelio Toro, con el objeto de entusiasmar a los directores de la empresa para que me prestaran dinero y poder correr en bicicleta propia. Ante el doctor Obdulio Betancourt, administrador de la empresa, y don Emilio Olarte, jefe de personal, me presenté con la liviana bicicleta amarilla que fue en realidad la que decidió mi suerte. Aquella entrevista tuvo importancia, porque a pesar de que en Antioquia empezaba a surgir con mucha fuerza el ciclismo deportivo, no había más de diez bicicletas buenas para participar en competencias tan serias como las que allí se organizaban. Cada aficionado debía convencer a alguien de que lo patrocinara. Y yo había convencido tanto a Javier Jiménez que ese día, cuando abandonaba la oficina, lo oí decir: “A ése ya no lo para nadie”.

Vamos a ver qué pasa

Bien equipado, llegué al parque de Berrío el 12 de octubre de 1951, a participar en una carrera que no habría de darme un trofeo, pero que habría de servirme más que cualquier otra, como experiencia. Hasta ese momento yo era un ciclista confiado. En cualquier momento de una prueba, estaba seguro de que las indicaciones que me hiciera un adversario, eran indicaciones de buena fe. No sabía entonces que uno debe confiar a toda costa en sus propios conocimientos, definir las situaciones de acuerdo con su propio modo de saber y entender, y no atenerse a nadie. Porque sé que es así, me pareció asombroso, sin antecedentes, la noble e inolvidable actitud de Reinaldo Medina, quien en un gesto de compañerismo deportivo me cedió su bicicleta, después de un pinchazo que sufrió en la última Vuelta a Colombia.

Bien equipado

Trataré de contar, crudamente, lo que me ocurrió en aquella dura prueba de trepadores. Estaba terriblemente nervioso, porque tenía que competir con ciclistas de primera categoría, gente de muchos recursos, de mucha experiencia y mucho empuje. Era la primera vez que corría bien equipado, pero no tenía muchas esperanzas, a causa de los temibles adversarios que me habían correspondido. Sin embargo, arranqué con entusiasmo y sentí por primera vez la satisfacción de que mi equipo respondía, y de que sólo una racha de mala suerte habría podido detenerme. Sabía que la subida tenía 18 kilómetros y trataba de cuidarme, pero —no sé por qué— cada vuelta del pedal me rendía de una manera inesperada. En pocos minutos logré despegarme del pelotón, junto con el buen corredor de primera categoría Antonio Zapata Arboleda. Entonces fue cuando me ocurrió una de las cosas que no he podido olvidar jamás.

El consejo del zorro

Cuando Antonio Zapata se dio cuenta de que yo estaba andando fuerte, de que lo iba dejando, me dijo: “No seas bobo, no te quemes, que la carrera es larga”. Aquel consejo pareció confirmar mi sospecha de que los otros corredores no estaban rindiendo todo lo que podían, sino que se estaban cuidando para la parte dura de la competencia. “Nos están cazando”, pensé. Y cuando Antonio Zapata me dio el consejo de no apurarme, decidí ponerme en sus manos, porque sabía que era un veterano. Porque sabía que era el único ciclista antioqueño que estudiaba en libros los secretos de su deporte. Antonio Zapata siguió hablándome. Dijo:
—Sigue pegado a mi rueda y nos defenderemos juntos.
Yo, dispuesto a obedecer ciegamente, me pegué a su rueda y seguí pedaleando con calma.

“Sigue pegado a mi rueda”

Era tan ingenuo entonces, que me sentía feliz y emocionado de contar, en aquella dura prueba, con la ayuda de una veterano, un corredor de primera categoría jugado en muchas plazas. Así seguimos durante todo el trayecto: él adelante, y yo pegado a su rueda, convencido de que formaba parte de un equipo contra el cual sería imposible cualquier tentativa de victoria.
Cuando pasamos por la Media Luna, noté que Antonio Zapata trataba de acelerar. Pero no pensé nunca que intentaba dejarme, sino que quería ganar terreno, porque muy cerca de nosotros venían otros dos grandes: Roberto Cano Ramírez y Tito Gallo. Sin embargo, yo trataba de acelerar, yo aceleraba también, y me pegaba a su rueda. No hacía otra cosa que seguir su consejo: “Sigue pegado a mi rueda, y nos defenderemos juntos”.

Hay que confiar en los libros

Lo único que consideré injusto, en ese momento de ingenuidad, era que Antonio Zapata, que me prestaba su experiencia, no me prestara también a sus amigos, A lo largo de todo el camino, pasada la Media Luna, hombres y mujeres que él conocía salían a refrescarlo y a suministrarle alimentos. Yo habría dado cualquier cosa por un chorro de agua fresca, pero pensaba que si Antonio Zapata no daba orden de que me auxiliaran, era porque no convenía a nuestro pacto. Dócilmente, seguí pedaleando, pegado a su rueda, a pesar de que llevaba un tiempo menor del que necesitaba la Doble a Rionegro. Si seguía así —pensaba— iba a emplear por lo menos cuatro minutos más que aquella vez. Sin embargo, confiaba en Antonio Zapata, en sus buenas lecturas y en su deseo de ayudarme. Y seguía pedaleando, pegado a su rueda.

¡Qué conspiración!

No sé por qué no me dio espina un detalle: cuando nos acercábamos a Santa Elena, numerosos amigos habían venido a saludar a Antonio Zapata. Lo esperaban a la vuelta del camino, corrían un poco a su lado y le hablaban en secreto. Había un aire de conspiración en todo eso, pero yo tenía tan poca experiencia, que me parecía que aquellas conversaciones sigilosas contribuían a nuestro triunfo. Por lo menos, había algo que no podía negar: me sentía descansado, y a pesar de que no desarrollaba todo lo que podía, Tito Gallo y Roberto Cano no habían logrado alcanzarnos. De manera que nada me importaban los secretos, si los consejos de Antonio Zapata estaban dando tan buenos resultados.

La mayor tontería de mi vida

Mi compañero iba bien. Había sido alimentado a lo largo de todo el camino, mientras que a mí nadie me había dado nada. Pero me había acostumbrado a hacer la prueba de Santa Elena, la más dura de Antioquia, y aquella manera de pedalear, pegado a la rueda de un veterano, me resultaba un juego de niños. Estaba satisfecho, sabiendo que iba ganando descansado, en complicidad con un ciclista experimentado, del cual tenía mucho que aprender.
No pude contener una expresión de felicidad cuando vi, como a tres cuadras de distancia, la torre de Santa Elena. “No hemos tenido que apurarnos, y sin embargo no nos han cazado”, pensé. Y pensé en la tontería que hubiera cometido si hubiera seguido corriendo fuerte, como al principio, antes de que Antonio Zapata me diera sus generosos consejos. Ya a punto de llegar a la meta, se me ocurrió preguntarme a qué distancia de nosotros vendrían Tito Gallo y Roberto Cano. Entonces fue cuando cometí la tontería más grande de mi vida: por un segundo, creo que apenas por medio segundo, miré hacia atrás para ver por dónde venían Tito Gallo y Roberto Cano.

NOTA DEL REDACTOR

“El intelectual del ciclismo”

En el capítulo que hoy se publica, Ramón Hoyos ha empezado a recordar sus primeros encuentros con los grandes del ciclismo antioqueño: Pedro Nel Gil, a quien los expertos antioqueños consideran como el creador de este deporte en el departamento; Roberto Cano Ramírez, quien surgió en la misma época como la segunda figura, y Tito Gallo, el tercero en discordia. Sin embargo, antes de que estas tres inolvidables figuras empezaran a provocar el delirio de las multitudes, un ciclista modesto progresaba en el conocimiento de su deporte, no pedaleando incansablemente todas las mañanas y sometiendo un organismo a agotadoras experiencias físicas, sino de una manera insólita: leyendo. Se llamaba Antonio Zapata Arboleda y nació en Abejorral hace 25 años.

La verdad sea dicha

Cuando Ramón Hoyos habló de Antonio Zapata Arboleda manifestó su respeto y su admiración por el que está considerado como el creador del ciclismo técnico en Antioquia. Pero creyó conveniente decir la verdad de su primer duelo con él: la prueba de trepadores, efectuada el 12 de octubre de 1951. “Le tenía mucha fe -decía Ramón Hoyos-, porque había aprendido a correr leyendo libros”. Y explicó al redactor minuciosamente -y así se publica el capítulo de hoy- la forma en que siguió los consejos de Antonio Zapata Arboleda y lo que ocurrió por seguir esos consejos: Hoyos perdió una prueba que estaba seguro de ganar de haber seguido sus propias iniciativas. Esas revelaciones, por primera vez hechas a la prensa, tienen una importancia trascendental, pues su triunfo en la prueba de trepadores del 12 de octubre de 1951 se considera como una de las grandes victorias de Antonio Zapata Arboleda, “El intelectual del ciclismo”, como se le llamó en Antioquia.

Otras coincidencias

Hay otra extraña coincidencia en las vidas de Hoyos y Zapata. En la II Vuelta a Colombia, cuando el actual triple campeón participaba por primera vez en esa competencia anual, corría también en ella Antonio Zapata Arboleda. A Hoyos le fue mal desde el primer momento, por razones que serían detalladas en el capítulo correspondiente. En cambio, Antonio Zapata, quien era patrocinado por la fábrica de tejidos Tejicóndor, llevaba una buena puntuación hasta la etapa Cali-Sevilla. En ese trayecto, un perro se atravesó en su camino y “El intelectual del ciclismo” sufrió un aparatoso accidente que lo condujo a su actual situación de olvido y miseria. Y esa fue precisamente la primera etapa que ganó Ramón Hoyos en las vueltas a Colombia.

El último acto

Antonio Zapata no se retiró de la competencia a raíz del mencionado accidente. Ni siquiera disfrutó de unas horas de descanso: sus acompañantes le pidieron que siguiera adelante y él les obedeció, a pesar de las difíciles circunstancias en que se encontraba. Hospitalizado en Sevilla, los médicos recomendaron su retiro. Pero Zapata se fugó de la clínica -como lo había hecho Ramón Hoyos en la primera etapa de la misma competencia- e insistió en continuar hasta Armenia y en cumplir luego las etapas finales. Antes de concluir ese año fue preciso internarlo en el manicomio de Medellín. Allí permaneció por espacio de varios meses, hasta cuando burló la vigilancia de los guardianes y se presentó -una noche de 1953- en la casa de su madre. Con ella vive en la actualidad, en penosas circunstancias. La amarga experiencia de Antonio Zapata Arboleda tuvo una consecuencia para el ciclismo antioqueño: la fábrica de tejidos Tejicóndor no volvió a patrocinar corredores.

Capítulo 6. La catástrofe de la pintada

ramonhoyos

MI PRIMER SUEÑO DORADO. CÓMO FUI DESCARTADO PARA LA II VUELTA A COLOMBIA. A MANIZALES POR MI CUENTA Y RIESGO. MI PERSONAJE INOLVIDABLE: DON RAMIRO MEJÍA. UNA PREGUNTA DECISIVA: ¿CÓMO TE SIENTES?

Fue una tontería de una fracción de segundo. Miré hacia atrás y vi a Tito Gallo y Roberto Cano, a pocos metros de distancia. Una situación como esa no cuesta trabajo de definir: estaba a doscientos metros de la meta, con Antonio Zapata una máquina adelante. Era el momento preciso de embalar. Estas reflexiones las hice en la fracción de un segundo que necesité para mirar hacia atrás y ver a Tito Gallo y Roberto Cano, disponiéndose a hacer el último esfuerzo. “pero ya no pueden hacer nada”, pensé. Y me dispuse a darle con fuerza, para conquistar el triunfo en aquella decisiva prueba de trepadores. Pero fue como un relámpago: cuando miré hacia adelante, Antonio Zapata, embalado como un demonio entraba triunfante a la meta. Ese está considerado como el triunfo más notable de su carrera. A causa de un simple descuido mío, me sacó cinco segundos a la meta.

Mi sueño dorado

Lo que vino después fue mi larga y accidentada preparación para intervenir en la II Vuelta  a Colombia. En primer término, necesitaba bicicleta propia: estaba cansado de andar corriendo con cosas prestadas. Gracias a las entusiastas gestiones de Javier Jiménez, la empresa me prestó trescientos pesos. Con esa suma compré una bicicleta sin usar: la bicicleta que más he querido en mi visa. Me permitían introducirla hasta los talleres, para vigilarla mientras trabajaba. La mantenía en perfectas condiciones, y en ella iba progresando en mi técnica, a medida que se acercaba la prueba para seleccionar la delegación antioqueña a la Vuelta a Colombia. Ese era mi sueño dorado.

Otro disparate, leche malteada

El primer chequeo fue en una carrera de 140 kilómetros planos: dos veces al Hatillo, bajo la vigilancia del entrenador checo Sedex Matuseck. Me fue bien en aquella prueba: ocupé el cuarto lugar, y el médico de la Liga de Ciclismo de Antioquia, doctor Morales, manifestó su satisfacción por mis condiciones. Esta vez había cometido otro disparate: durante la prueba me había alimentado con leche malteada.
En estas circunstancias, me dispuse a participar en la Doble a la Pintada, 170 kilómetros de ruta, asistido por primera vez por una camioneta que conducía Javier Jiménez. Como nunca, llevaba dos bicicletas y repuestos. Participaban diez corredores, de los cuales seleccionarían ocho para la Vuelta a Colombia.

La catástrofe de la Pintada

Esa vez sufrí un percance desconocido para mí: calambres. La cosa ocurrió cuando Tito Gallo iba en la punta, y mi flamante camioneta, llena de repuestos y de auxilios, estaba varada. Me sentía terriblemente mal, pero me empeñaba en no retirarme porque era condición indispensable para poder participar en la Vuelta  a Colombia.  Aquello fue una verdadera catástrofe: nadie sabía aplicar masajes y eran inútiles todos los esfuerzos por arreglar la camioneta.  Uno a uno, todos los corredores fueron pasando junto a mí, mientras yo, tirado a la orilla de la carretera, me sentía morir a causa de los calambres.
Por fin se consiguió un automóvil que me llevara a Medellín. Pero aquel no era mi día: también al automóvil le estallaron los neumáticos. Cuando llegué a casa de Javier Jiménez, a avisarle a su esposa que Javier no podía llegar, porque la camioneta estaba varada, eran las once de la noche. Entonces no pude contenerme: me apreté la cabeza con las manos y me puse a llorar como un niño.

“Por meterme en lo que no me importaba”

Cuando llegaron las vacaciones de diciembre, no tenía la menor posibilidad de participar en la Vuelta a Colombia. Pocos días antes, en mi desesperación por demostrar mis conocimientos, había ido a Riogrande,  a ver pasar a los participantes de la Doble  a Santa Rosa de Osos. Sentía morirme de pesar cuando vi, uno detrás de otro, a Tito Gallo y a Pedro Nel Gil, disputándose el primer puesto.
Al regreso, los esperé en el Hatillo. Sin poder contenerme, haciéndome la ilusión de que participaba en la competencia, me pegué a los corredores, rindiendo todo lo que sabía. Al llegar a la meta, el carro acompañante de uno de ellos frenó violentamente y yo me fui de bruces dentro del cajón posterior. Quedé ridículamente estropeado, metiéndome en lo que no ha debido importarme. Y con la bicicleta casi completamente arruinada.

Si tuviera cincuenta pesos

Solo y desamparado,  oí hablar en esos días de la competencia que se realizaría en Manizales, con motivo del IV centenario de la ciudad. Se anunció que podían participar en ella todos los ciclistas antioqueños que lo desearan, menos los seleccionados para la Vuelta a Colombia. Pero yo tenía otro problema: no tenía dinero, la fábrica estaba cerrada y el pasaje costaba dieciséis pesos ida y vuelta. ¿Cómo podría pagar mis gastos en Manizales? Comencé a hacer cálculos y en pocos días encontré una solución: me hospedaría en casa de un tío, que vivía a 25 kilómetros de Manizales: 10 kilómetros por carretera y 15 por un estrecho y tortuoso camino de herradura.  Dispuesto a no echarme atrás, fui donde dos Ramiro Mejía –mi personaje inolvidable, propietario de la Lavandería Tropical y fanático del ciclismo deportivo- y le expuse mis proyectos: necesitaba cincuenta pesos para ir a Manizales. Don Ramiro aceptó encantado; me entregó los cincuenta pesos, y yo –con aquella suma decisiva en mi carrera- me dispuse a conquistar a Manizales.

“Anda tú solo”

Viajé en compañía de mi padre, después de haber convencido al chofer de un bus, que me llevara la bicicleta en el techo sin cobrarme nada. Fue un viaje largo y agotador. Pero no fue la peor parte, pues todavía nos faltaba recorrer los 25 kilómetros de Manizales a La Quiebra, donde vivía mi tío. Ahora creo que el pedaleo por el intransitable camino de herradura me sirvió de entrenamiento.
El día de la carrera -28 de diciembre, día de inocentes- mi padre no quiso bajar a Manizales. Me dijo: Anda tú solo, que cada vez que te veo correr, pierdes”. Y me fui solo, pedaleando al principio, y luego, en automóvil, pues tenía el temor  de estar agotado para la prueba.

Una victoria tosiendo

Era un circuito de 43 kilómetros, que me los tragué enteros, tosiendo sobre la bicicleta, a causa de un resfriado.  El intenso frío del  páramo del Ruiz me puso peor, y cuando llegué a la meta creí que me estaba muriendo. Pero gané la competencia: la copa del IV Centenario de Manizales, que es la segunda que conquisté en mi vida.
Algo ocurrió además en aquella prueba, que contribuyó a decidir mi carrera: Miguel Zapata Restrepo, de la redacción de El Colombiano, y presidente de la Liga de Ciclismo de Antioquia, y Bernardo Mejía Toro, comisario de la misma entidad, me vieron correr y se manifestaron complacidos de mi actuación.

“Esta copa es suya”

Mi triunfo de Manizales es el único que se me ha subido a la cabeza. Había razones para eso: me había costado grandes sacrificios, lo había obtenido contra viento y marea, y precisamente después de que me habían descartado para la próxima Vuelta a Colombia. Fue un triunfo festejado con champaña, música y flores.
Cuando llegué a Medellín, el 30 de diciembre, antes de ir a mi casa fui a donde don Ramiro Mejía, el inolvidable protector que me había prestado los cincuenta pesos, y entregándole la copa del IV  Centenario, le dije:
-Don Ramiro, esta copa es suya. Usted la ganó al ayudarme para viajar a Manizales.

Las esperanzas perdidas

El 4 de enero viajaría a Bogotá la selección de Antioquia para la II Vuelta a Colombia. Y formando parte de esa selección Galo Chirihoga y Amador Andrade Sierra, que en la noche del 30 de diciembre, cuando celebrábamos mi triunfo en casa de don Ramiro Mejía, se encontraban presentes. Yo tenía la secreta esperanza de que, entusiasmado con mi triunfo, don Ramiro Mejía me patrocinara  para la Vuelta, a pesar de que había sido oficialmente descartado. Pero lo más consolador que me dijo fue lo siguiente:
-Ramón, entrénate mucho para el año entrante, que yo estoy dispuesto a patrocinarte.
Al finalizar la fiesta, triste y sin ninguna esperanza, me fui a casa y dormí profundamente. Pero no recuerdo que hubiera soñado nada.

“¿Cómo te sientes, Ramón?”

No celebré el Año Nuevo de 1952. Era un acontecimiento que para mí no significaba nada. Estuve en casa con mi familia, y no  hablé con  nadie de ciclismo, ni de nada que tuviera que ver con ruedas, repuestos y carreras. No volví a salir a la calle hasta el 10 de enero en la noche, en que fui al teatro Junín a ver La historia de un gran amor, una película con Jorge Negrete, que durante muchos años fue mi actor favorito. Recuerdo que fui en bicicleta, porque sabía que al teatro Junín me dejaban entrar con ella, y recostarla en uno de los asientos de la platea, mientras transcurría la proyección. Me gustó la película.  Jorge Negrete, como siempre, fue un buen actor, inolvidable en los momentos sentimentales. Por varias horas se me olvidó la Vuelta a Colombia; se me olvidaron mis triunfos y mis aspiraciones. Se me olvidó todo.
Pero al salir del teatro, me encontré con el periodista Óscar Salazar Montoya. Evidentemente, me estaba esperando. Avanzó hacia mí, cuando yo abandonaba la sala en mi bicicleta, y me hizo una de las más intrigantes y fundamentales preguntas que me han hecho en mi vida:
-Ramón, ¿en qué condiciones te sientes?
-Bien –le respondí intrigado-. ¿Por qué?
-No, por nada –me dijo-. Y se fue sin despedirse.
Esa noche no pude dormir un minuto, pensando en las pregunta de Óscar Salazar Montoya.

NOTA DEL REDACTOR

EL CAMPEÓN NO QUIERE CASARSE

Probablemente ningún colombiano ha aparecido en los periódicos, en tan poco tiempo, retratado con tantas mujeres como Ramón Hoyos en sus tres años de victorias. Al finalizar cada etapa, los fotógrafos de la prensa encuentran siempre plato bien servido: el campeón besado por una admiradora anónima; el campeón sudoroso, coronado de laureles, junto a una amiga sin nombre; el campeón en una fiesta, rodeado de hermosas y alegres muchachas. Hoyos tiene tres voluminosos álbumes de fotografías. En casi todas las páginas parece su figura de saludable campesino, sonriendo a la cámara con sus poderosas mandíbulas, y acompañado de una dama. Lo mismo en las fotografías tomadas en Colombia, en los confusos momentos de la victoria o en la apacible pausa de una fiesta. Lo mismo en las fotografías de México, Puerto rico o el Brasil. Solamente de su viaje a Francia no conserva fotografías Ramón Hoyos, “porque no había quien las tomara”. Sin embargo, en ninguno de esos tres álbumes, aparece el campeón dos veces con una misma dama. “¿Quién es esta?”, se le preguntó en cada hoja. Y el campeón siempre tuvo una respuesta. “Una amiga”. Fue imposible obtener el nombre de ninguna de las mujeres que aparecen con él en los retratos. Hoyos se empeña en guardar la reserva, como lo hace sistemáticamente frente a todas las preguntas que pretendan penetrar la sólida corteza de su vida sentimental.

No es indiferente

Las fotografías de los periódicos y de sus álbumes demuestran una cosa indiscutible: las mujeres no son indiferentes con el campeón. Lo importante habría sido saber si Hoyos es indiferente con sus admiradoras. Y eso parece ser otro de los aspectos impenetrables de su personalidad.
Cuando anda en su automóvil por las calles de Medellín, el campeón es informal, alegre y un poco fresco son sus admiradoras. Un día de la semana pasada, el redactor lo vio darse el lujo de escoger, entre un grupo de muchachas, en plena calle de Medellín, a aquella de la cual estaba dispuesto a dejarse dar un beso. Curiosamente, fue la escogida, la única que no estuvo dispuesta a hacerlo.

El piropo que no fue

Al parecer, es tímido y extraordinariamente discreto con sus admiradoras. El jueves de la semana pasada, creyéndose solo con ella, Ramón Hoyos mostraba sus trofeos a una muchacha que tenía su propio nombre bordado en un bolsillo del traje. El campeón se mostraba cordial, extraordinariamente amable, y procuraba conducir el diálogo con un poco de malicia elemental. De pronto, cuando la admiradora se despedía, Hoyos le dijo, viendo el nombre de ella bordado en su bolsillo:
-Me gusta ese nombre.
-¿Por qué? –preguntó la admiradora.
-Porque con ese nombre es muy fácil hacer un piropo –respondió el campeón.
El nombre que la admiradora tenía en el bolsillo era “Lila”. Sin embargo, Hoyos se negó rotundamente cuál es el fácil piropo que le inspiraba aquel nombre.

La leyenda secreta

Es incontable el número de personas –especialmente mujeres- que darían cualquier cosa por conocer unan noticia verídica sobre la vida sentimental de Ramón Hoyos. Algunas damas que supieron en Medellín el objeto de la presencia del redactor en esta ciudad, no se interesaron por ningún aspecto del campeón, distinto de su intrigante vida amorosa. “¿No le ha dicho si se va a casar?”, fue una pregunta muy frecuente. “¿No tiene novia?”. Sin embargo, a pesar de que se le preguntó concretamente varias veces, el campeón eludió siempre la pregunta o se negó de plano a responderla. Sólo en una ocasión llegó a sugerir que tiene una novia; una muchacha que conoce desde que llegó a Medellín, a los 12 años. Pero insiste en que no es ninguna de las muchachas que aparecen con él en las fotografías de los álbumes, o en las publicadas en los periódicos. Hay una versión generalizada: Ramón Hoyos tiene un amor secreto, contra la férrea y militante oposición de la familia de la novia.

Cambio de velocidad

Al terminar estas entrevistas, el campeón conducía al redactor a su hotel. Se hizo –en el largo trayecto de Miraflores al centro de la ciudad- un examen cuidadoso de todos los temas analizados en las conversaciones. “Solo falta una cosa esencial –dijo el redactor-. La pregunta sobre su matrimonio”.
Hoyos guardó silencio un instante. Luego dijo:
-Di que no me pienso casar, porque quiero seguir corriendo por un tiempo.
-¿Y el matrimonio sería un obstáculo?
-No –respondió-. Pero ya no sería lo mismo.

Capítulo 7. ¡… A la Vuelta a Colombia!

ramonhoyos7

EN BOGOTÁ, VESTIDO DE DRIL Y RESFRIADO. “POR QUÉ ME TIRABAN RAYO MIS COMPAÑEROS”. MI PRIMERA FOTOGRAFÍA EN LOS PERIÓDICOS. UN NOVATO ENTRE LOS CAMPEONES. LA PEOR ETAPA QUE HE CORRIDO EN MI VIDA. “¿QUIÉN ES ESE CHAMBÓN?”.

A las siete de la mañana salté de la cama, dispuesto a averiguar los intrigantes propósitos de Óscar Salazar Montoya. Naturalmente, no pude localizarlo hasta las horas del mediodía: los periodistas trabajan de noche y yo ignoraba la dirección de su casa. No hice nada esa mañana. Di vueltas por la ciudad, sin poder imaginarme por qué me había preguntado Óscar Salazar Montoya:
— Ramón, ¿en qué condiciones te sientes?
Y la verdad es que después de una noche de mal dormir y de una mañana entera tratando de localizar al periodista, había empezado a no sentirme bien. No siento mucha curiosidad por averiguar las cosas. Pero aquello era distinto. Y dispuesto a no permitir que pasara aquel día —2 de enero de 1952— sin descifrar el misterio de la más inquietante pregunta que me han hecho en mi vida, me instalé en la puerta de El Colombiano hasta cuando llegó Óscar Salazar Montoya, al atardecer. Desesperado, me lancé sobre él y le dije:
— ¿Por qué me preguntó en qué condiciones me sentía?
Y él, fresco, acabado de levantar, me respondió calmadamente:
— Es que don Ramiro Mejía quiere patrocinar otro corredor para la Vuelta a Colombia.

A la fuerza

Desde ese instante las cosas empezaron a ocurrir con increíble rapidez. Fui donde don Ramiro Mejía, quien patrocinaba a Galo Chiriboga y Amador Andrade. En efecto —me contó don Ramiro— estaba influyendo para que me aceptaran como patrocinado suyo, a pesar de que yo era de tercera categoría y había corredores de primera que no podían asistir a la Vuelta a Colombia por falta de patrocinio. Había, además, otros inconvenientes; en los círculos deportivos se insistía en que yo era un novato, y que no representaría dignamente al ciclismo antioqueño. Las protestas empezaron a aparecer en los periódicos, mientras don Ramiro Mejía, sordo a todas las voces contrarias, seguía influyendo para que se me admitiera. Fue una batalla de veinticuatro horas, a lo largo de las cuales me parece que no perdió un minuto. Por fin, al día siguiente, cuando los otros participantes estaban listos para viajar a Bogotá, se decidió que yo —un novato de 19 años— tomara parte en la II Vuelta a Colombia.

“Por qué me tiraban rayo”

El cuatro, en las horas de la tarde llegué a Bogotá. Fui el inscrito número 50, en una prueba en la que participaban exactamente 50 corredores. Llegué con un vestido de dril entero, y un delgado suéter de lana. No recuerdo qué impresión me causó Bogotá, porque sólo estaba pendiente de la Vuelta a Colombia. Como me ocurría siempre que iba a participar en alguna competencia importante, me enfermé esa vez: un resfriado que en cualquier otra circunstancia me habría reducido a la cama, pero que yo disimulé como pude. Ya era bastante que la prensa antioqueña estuviera protestando por mi participación en la Vuelta, para que a última hora resultara que debía retirarme por un simple resfriado.

Estaba dispuesto a llegar hasta el final, principalmente por la actitud de mis compañeros de equipo, Amador Andrade y Galo Chiriboga. Lo primero que ellos hicieron, al saber que yo iba a competir, fue marcar los repuestos. Don Ramiro me había conseguido dos bicicletas en buen estado, pero teóricamente no había repuestos para mí, porque estaban marcados. Además, la camioneta acompañante tenía una orden terminante: viajar al lado del que fuera en la punta. Amador Andrade y Galo Chiriboga, como se dice, no hacían “sino tirarme rayo”. Estaban dispuestos a ponerme una zancadilla al menor descuido.

Mi primer retrato de prensa

En los días anteriores habían ocurrido ya muchas cosas estimulantes. En Medellín, antes de viajar a Bogotá, me habían tomado la primera fotografía para la prensa: la tomó Carlos Rodríguez, reportero gráfico de El Correo, y en ella aparecí con zapatos de fútbol, una camiseta improvisada y la pantaloneta que me regaló la esposa de Víctor Betancourt. Había conocido, dos días después, el velódromo de Bogotá, y sentí una terrible emoción, al pedalear en la pista lisa y dura, como un ciclista verdadero. En ese lugar, Jorge Obando tomó mi segunda fotografía para la prensa. Tenía que luchar contra la hostilidad general, contra mi inexperiencia y contra toda una maraña de inconvenientes. Pero me hice un propósito: “Si me descalifican por tiempo y llego de noche, muy bien. Pero, pase lo que pase, no me retiro”.

La largada

El día ocho de enero, muy temprano, se inició la carrera. Resfriado, temblando a causa de los nervios y la emoción, empecé a pedalear como un loco. La primera etapa: Bogotá-Honda. Yo habría preferido trepar, porque trepando me sentía más seguro. Pero al mismo tiempo deseaba bajar cuanto antes, llegar a tierra caliente, porque la altura y el resfriado me estaban asfixiando. Me invadía el terror, de sólo pensar en un pinchazo, en aquella carretera torcida y pedregosa. Desde los primeros minutos me di cuenta de que me había metido en camisa de once varas, de que no tenía experiencia para esa clase de pruebas, y de que tal vez —por apresurarme a intervenir en una competencia como aquélla— iba a perder todas las oportunidades futuras.

Con todo, ya estaba allí, y nada podía hacer sino seguir adelante. Mi mayor preocupación era alcanzar la camioneta de los repuestos. No me importaba mucho mi posición, sino saber que, en caso de un pinchazo, tenía los auxilios a la mano.

¿Qué pasó?

Desde cuando el pelotón empezó a desintegrarse me di cuenta de que no tenía nada que hacer. Uno a uno, todos los ciclistas me iban dejando atrás. Me sentía enfermo, ofuscado, y con unas irreprimibles ganas de llorar. Pero una cosa me impulsaba a seguir adelante: no defraudar a don Ramiro Mejía, que se había opuesto a todos los inconvenientes, para que yo pudiera participar en la II Vuelta a Colombia.

Recuerdo que, por espacio de una hora, por lo menos, estuve completamente solo en la carretera. La gente que había salido a saludar a los ciclistas, había desaparecido. Yo era el último. Me estaban sacando tiempo incluso los últimos ciclistas que se desprendieron del pelotón, y sin embargo seguía pedaleando atolondradamente, con rumbo a Villeta.
No me di cuenta en qué momento ocurrió: sentí que perdía el control de la bicicleta y que me iba de cabeza contra una piedra. Fue una fracción de segundo. Pero no puedo decir más: sólo recuerdo el golpe terrible en la frente. Luego, perdí el conocimiento.

“No me subo”

Cuando volví en mí, oí voces alrededor. Y concretamente una voz que decía:
— Súbanlo en la camioneta. Está muy herido y no puede correr más.
En mi estado de semiinconsciencia, me acordé de mi propósito. “Que me descalifiquen por tiempo”. Me sentía sin fuerzas y la cabeza me dolía, con un dolor penetrante. Pero a pesar de todo, traté de incorporarme: no me subiría a la camioneta, pensé. “Que llegue de último, no importa”, seguí pensando, todavía atolondrado por el golpe: “Que llegue de último, pero que no me suban a la camioneta”.

Cuando pude abrir los ojos, vi dos hombres tratando de levantarme. Lo primero que hice fue ver si la bicicleta estaba allí. Y allí estaba, en buen estado, junto a una camioneta que no era la nuestra. Eso era lo único que me importaba. Me dolía la cabeza, me palpitaba por dentro, pero eso no importaba. Lo importante era que la bicicleta estaba intacta. Mientras fuera así, podía seguir corriendo.

“Ahí voy, como sea”

Estaba tan atolondrado, que no me di cuenta de que tenía la boca llena de tierra, mientras mis auxiliares ocasionales no empezaron a sacármela con los dedos. El contacto del agua fresca me reanimó. Me lavaron la herida: era una brecha como de dos pulgadas, arriba del ojo izquierdo.

En mi inconsciencia calculé que estaba perdiendo tiempo, allí, tirado a la orilla del camino. Traté de incorporarme, pero no pude. Sin embargo, cuando los hombres de la camioneta (más tarde supe que se llamaban Rafael Piñeros Corpas y Gregorio Maldonado) me ayudaron a levantarme, sentí que tenía fuerzas suficientes para subir a la bicicleta.
— Ven. A la camioneta— oí decir.
Yo me acabé de incorporar por mi cuenta. Sacudí la cabeza que me dolía horrorosamente, y respiré el aire, que ya empezaba a ser tibio. Sin decir una palabra, subí a la bicicleta y empecé a bajar. Los hombres volvieron a la camioneta y me siguieron lentamente.

“No seas terco”

Poco a poco fui recobrando el conocimiento. Sin proponérmelo, estaba bajando con cuidado. Pensé que la camioneta con mis repuestos debía de estar ya mucho más allá de Villeta. Entonces empecé a bajar con la bicicleta frenada, eludiendo las piedras del camino, y sintiendo como si tuviera dentro de la cabeza un animal que me palpitaba dolorosamente.
Era casi mediodía. Mi primera intervención en una competencia realmente importante había sido una catástrofe, pero seguía bajando, con mucho cuidado, con la bicicleta frenada. Hubo un instante en que volví a mirar hacia atrás. Allí venía, siguiéndome, la camioneta que me había prestado auxilio. Uno de los hombres sacó la mano y me dijo:
— ¿Te montas?
Yo no contesté nada. Seguí bajando, mientras uno de los hombres me decía.
— No seas terco. Ya los otros están llegando a Honda.

NOTA DEL REDACTOR

CIEN CARTAS DIARIAS PARA ESCOGER

Ramón Hoyos sólo tiene una preocupación familiar: su hermana Marina, de 7 años, que ha sido internada en un colegio de Envigado. Mientras se desarrollaba la última Vuelta a Colombia, en ese enorme caserón antiguo y construido entre árboles altos y silenciosos, la niña era una especie de ídolo para sus compañeras. Y allí, como en casi todos los hogares obreros de Antioquia, se perdió la cuenta, durante los 23 días que duró la competencia, de la cantidad de velas que se consumieron y del número de oraciones que se rezó para que ganara Ramón Hoyos. Cada vez que el actual triple campeón ganaba una etapa, una gigantesca ovación resonaba por todos los rincones del departamento. Sólo una voz no se oía: la de Marina, la menor de las hermanas del campeón, que a los siete años apenas está aprendiendo a hablar.

La grande esperanza

No hay un santo determinado al cual rogar para que ganen los ciclistas. Cada uno se dirige al santo de su devoción. Y muchos van más allá. Muchos no expusieron y alumbraron a ningún santo, sino al retrato mismo de Ramón Hoyos: al lado de una imagen bendita, en los humildes hogares de Antioquia, se ha colgado una fotografía del triple campeón, recortada de los periódicos. No ahora, sino desde la tercera vuelta, a pesar de que aún su gloria no había adquirido las proporciones que ahora tiene. Pues el caso es que Ramón Hoyos es ahora un campeón, una especie de estatua ambulante, pero hace dos años era algo todavía más importante para el pueblo antioqueño: era la grande esperanza departamental, contra un simpático y disciplinado francés que rápidamente había echado raíces en el corazón de los fanáticos colombianos. Y especialmente contra un ciclista del interior. Hoyos era —para algunos antioqueños— el triunfo de Colombia. Pero para la mayoría era algo que significaba mucho en los departamentos y especialmente en Antioquia: era el descentralismo del campeonato.

“Es la arepa”

Por eso, antes de ser triple campeón; antes de ser campeón por primera vez, el retrato de Ramón Hoyos estaba colgado en las paredes de Antioquia, a pesar de que muy poca gente lo conocía personalmente. Ahora se le conoce y se le admira como una realidad. Posiblemente, si Hoyos perdiera el campeonato, esa avasallante admiración se desplazaría hacia otro lado, si lo destronara un antioqueño. Pero también muy probablemente, el retrato de Hoyos seguiría estando colgado al lado del de su sucesor. Y tal vez se dé el caso de que su retrato sea velado en el futuro, para que gane otro antioqueño. Porque hablando con la gente humilde del departamento, con los niños aprendices de ciclistas y con los fanáticos callejeros de Hoyos, se tiene la impresión de que el triple campeón es, más que cualquier otra cosa, un símbolo. “Es la arepa”, se dice.

“Madre”

Ese símbolo, desarraigado de la vida familiar por una catástrofe en la que murieron su madre y la hermana mayor, y por el segundo matrimonio de su padre, ha encontrado un nuevo refugio sentimental: la visitadora social de Coltejer, doña Gabriela Arboleda, que conoce personalmente a toda la familia de todos los obreros de la fábrica, y conoce sus necesidades y problemas. “Madre”, la llaman todos. Y por lo menos para Ramón Hoyos ella es una verdadera madre, que lo ayuda a resolver los problemas, que es su confidente, y que conoce la vida íntima del triple campeón mejor que él mismo. En el curso de estas entrevistas, doña Gabriela Arboleda —en una oficina en la que se oye el largo e ininterrumpido rumor de las máquinas tejedoras— hizo observaciones a Ramón Hoyos, lo ayudó a recordar muchos puntos de su biografía y contribuyó de manera invaluable a facilitar este trabajo.

Cien cartas al día

“No se me olvida nunca —dice doña Gabriela Arboleda— el día en que este muchacho llegó a mi oficina con una bicicleta rara.” Y recuerda que le preguntó “qué clase de bicicleta era esa”, y Hoyos le dijo:
—Una bicicleta de carreras. Tómele el peso.
“Era liviana”, dice doña Gabriela Arboleda, recordando aquel día, en que tomó bajo su protección al ciclista. Desde entonces, muy pocas cosas ha hecho Hoyos que no las haya consultado previamente con la extraordinariamente amable visitadora social. Ella le guarda y le selecciona las cien cartas que, aproximadamente, recibe el campeón todos los días.

No era nada

Mientras Hoyos estaba en la Vuelta a Colombia, doña Gabriela Arboleda visitó, todos los fines de semana, a Marina, la hermana del campeón. Pero durante los días de la semana, no hizo otra cosa que seguir minuto a minuto los incidentes de la carrera, en un receptor de radio que instaló en su oficina. En la actualidad, la visitadora social —que hace tres años no había visto una bicicleta de carrera— puede hablar de ciclismo durante muchas horas, en términos técnicos, como un técnico.

Tal vez no tenga Ramón Hoyos un fanático más irreductible que ella. Cuando en la V Vuelta a Colombia el triple campeón perdió una etapa por primera vez en la competencia, la visitadora social no asistió a su oficina al día siguiente. Se excusó mandando a decir que estaba enferma.

Al día siguiente, el alegre y ladino Javier Jiménez, que conoce muy bien a doña Gabriela Arboleda, le envió un recado a su casa:
—Dígale a doña Gabriela que ya puede venir. Que ya volvió a ganar Ramón Hoyos.
La encantadora visitadora social insiste en que estaba enferma. Pero la verdad es que volvió a su oficina, saludable y alegre, cuando recibió el recado de Javier Jiménez.

Capítulo 8. Un cabo decidió mi carrera

ramonhoyos8

HERIDO Y HOSPITALIZADO. “¿ME TRAE UN POQUITO DE AGUA?” PASAJE DE REGRESO A MEDELLÍN. DESCALIFICADO. “PARA LO QUE HAY QUE VER CON UN OJO BASTA”.

A pesar de que llevaba un ojo imposibilitado, de que había perdido las esperanzas de clasificar y de que no bajaba con suficiente entusiasmo por temor a sufrir un pinchazo, seguí en mi bicicleta hasta Honda. A lo largo del camino, olvidado ya de que estaba participando en una competencia, descendí varias veces del vehículo y refresqué mis heridas en los arroyos. El reloj marchaba apresuradamente. “¿Qué hora es?”, pregunté a mis compañeros voluntarios. “Las cinco”, me dijeron. Y yo seguí adelante, atolondrado por el golpe, pero dispuesto a no abandonar la carrera.

A las cinco y treinta minutos, exactamente, llegué al parque de Honda. Esperé encontrar una manifestación entusiasta. Pero no había nadie. Apenas, a lo largo del camellón de cemento, algunos ciclistas conocidos paseaban de extremo a extremo.

—¿Dónde es la meta? —pregunté.

—Era por aquí —me dijeron—, pero ya se fueron todos.

Era verdad. Todos se habían ido. En el parquecito, otros ciclistas paseaban, enteramente frescos y reposados. En la II Vuelta a Colombia participaban cincuenta corredores. Dos se habían retirado. Yo llegué a Honda en el puesto número cuarenta y ocho.

En el hospital

No supe qué hacer en el momento de llegar a Honda. Lo primero que se me ocurrió fue preguntar por don Ramio Mejía, mi patrocinador. Pero no tuve tiempo. Algunas personas se paseaban por el parquecito y, al verme con la frente sangrante, se acercaron a mí y me condujeron al hospital, a pesar de mis protestas. Estaban acostumbrados a que los ciclistas, aunque se sientan totalmente agotados, manifiesten enérgicamente su deseo de seguir adelante: por eso no me hicieron caso. Me obligaron a atenderme con tanta diligencia y tanto interés como si yo hubiera sido un campeón. Mi ojo izquierdo estaba postrado. Había perdido la visión. Me sentía completamente agotado, pero recordaba perfectamente mi propósito. “Si me descalifican por tiempo, muy bien”.

Y en realidad, esa noche supe que me habían descalificado por tiempo. En la primera etapa había perdido el derecho de seguir participando en la II Vuelta a Colombia.

Pasaje de regreso

Naturalmente, no dormí bien. En el profundo silencio del hospital yo me sentía hecho un desgraciado, sin derecho a seguir corriendo y con el ojo izquierdo imposibilitado por la hinchazón. Esa noche recibí varias visitas: la de don Ramiro Mejía, la de doña Quina, la señora madre de Pedro Nel Gil, y la del redactor deportivo de El Tiempo, Jorge Enrique Buitrago. Los dos últimos vinieron a consolarme. En cambio, don Ramiro, mi patrocinador, que había librado una batalla para que me admitieran en la prueba, vino a decirme:

—Siento mucho lo que te ha ocurrido, Ramón. Pero no te desanimes para el año entrante, yo te daré el pasaje a Medellín.

Con su conocida generosidad, don Ramiro me dio cincuenta pesos. Y me dejó allí, en la cama del hospital de Honda, herido y sin esperanzas.

“El año entrante”

Pero a pesar de la incomunicación en que me encontraba, hasta el hospital llegaban rumores: los ciclistas saldrían a las nueve de la mañana. Desperté muy temprano. Estuve pensando, desde el primer instante, en la posibilidad de salir del establecimiento y conversar con alguien que tuviera que ver con la carrera, a ver si había alguna posibilidad de que me admitieran de nuevo. Pero no se me ocurría nada. El ojo izquierdo seguía doliéndome, y no veía nada por él.

Esa mañana volvió a visitarme doña Quina, la madre de Pedro Nel. Trató de consolarme. “No te preocupes —me dijo—. El año entrante irá mucho mejor”. Pero yo no quería pensar en el año entrante. Quería seguir esa carrera de cualquier modo. Y estaba dispuesto a seguir adelante, de cualquier modo.

“Agua, por favor”

Eran aproximadamente las ocho y treinta cuando dos religiosas vinieron a ver cómo había amanecido. “Muy bien —les dije—. Estoy dispuesto a continuar la carrera”. Lo dije, aunque sabía que estaba descalificado. Aunque sabía que había ocupado el puesto 48, entre 50 participantes. Sin embargo, las religiosas me expresaron su pesar por mi accidente y me manifestaron que, aunque me sintiera bien, no podía seguir tomando parte en la Vuelta a Colombia.

Aparenté resignarme y les dije:

—Tengo hambre. Háganme el favor de traerme el desayuno.

Ellas dijeron que con mucho gusto, que dentro de un momento. Pero yo no podía perder tiempo. “También tengo sed —les dije—. ¿Pueden hacer el favor de traerme un poco de agua?”

La fuga

Las religiosas no respondieron nada. Inmediatamente se retiraron. Entonces yo salté de la cama, me puse la ropa con mucha prisa, antes de que alguien regresara a la pieza, y apresuradamente busqué la salida.

Me fugué. Era la última esperanza que me quedaba y no estaba dispuesto a desistir de mi propósito de seguir la carrera. Cuando llegué al parquecito, los otros participantes se disponían a arrancar. Yo los miré con envidia y pensé que al menor descuido de los dirigentes podría colarme en la competencia.

Pero no fue posible. “Usted está descalificado”, fue todo lo que me dijeron. Y aún me desconsolaron más: ocho ciclistas que habían llegado antes que yo habían sido descalificados. De manera que no había la menor esperanza.

A la expectativa

Por lo menos, no me quedaría allí en Honda, abandonado como un perro. Tenía los cincuenta pesos que me había dado don Ramiro Mejía, con los cuales me alcanzaría para volver a Medellín. Muriéndome de envidia, vi a los otros ciclistas prepararse para la nueva etapa.

Estaba a un lado del parque, con mi pequeña maleta de ropa y mi bicicleta, cuando me di cuenta de que algo ocurría: un grupo de militares estaba discutiendo acaloradamente con uno de los dirigentes de la carrera. La razón era sencilla: uno de los ciclistas de la primera etapa, el sargento primero Manuel Ramírez, también había sido descalificado. Un grupo de oficiales del Ejército insistía en que continuara en la competencia. Esa era la causa de la discusión. Y yo, dispuesto a continuar adelante, me puse a la expectativa.

¡Qué casualidad!

La discusión continuó por casi media hora. Los oficiales del Ejército se empecinaron en que el sargento Ramírez debía seguir corriendo y los dirigentes se empecinaron en que “el reglamento es el reglamento”. Pero yo sabía quién iba a ganar aquella discusión. Y porque lo sabía, me acerqué al grupo con mi maletita y mi bicicleta, en espera del desarrollo de los acontecimientos.

No me equivoqué: el sargento Ramírez fue admitido. Y entonces los ocho descalificados se pusieron a la defensiva. “Si el sargento Ramírez corre, entonces corremos nosotros”, dijeron. Y todos corrimos. Don Ramiro Mejía se apresuró a preguntarme:

—¿Estás dispuesto a correr con ese ojo?

Y yo le respondí, sin pensarlo:

—Para lo que hay que ver, con un ojo basta.

“Llévenme esa maleta”

Rápidamente busqué un lugar donde cambiarme. En el corredor de un café abrí la maleta, saqué el uniforme y me lo puse, sin pensar que me estaban viendo. En ese momento los micrófonos anunciaron la salida del pelotón.

Cuando salí de Honda, me llevaban un minuto de ventaja. Pero no me importó. Me lancé hacia adelante, como un loco, dispuesto a no desaprovechar aquella ocasión que me brindaba la casualidad.

A los pocos minutos de estar corriendo me di cuenta de que llevaba la maleta en la mano. Pensé que eso sería un lastre, que con aquella maleta no podía progresar, pero no tenía en dónde dejarla. Seguí corriendo, procurando que el pelotón no me sacara una ventaja mayor de la que ya me llevaba, hasta cuando pasó un automóvil junto a mí. Entonces lancé la maleta dentro del vehículo, y grité:

—¡Llévenme esa maleta a Medellín!

Corrí esta etapa con tanto entusiasmo, a pesar de mi ojo hinchado, que clasifiqué a 20 minutos del puntero. Durante todo el trayecto estuve junto a la camioneta de los repuestos. En cambio, mis compañeros de equipo se habían quedado atrás: Chiriboga entró a 27 y Andrade a 25 minutos del puntero.

Mi posición emocionó a don Ramiro Mejía, quien viajaba en la camioneta de los repuestos, con dos botellas de aguardiente. Iba achispado y feliz con mi reacción. La meta más importante, en ese momento, era el páramo. Me empeñé en cazar a “El Sastre”; y lo cacé. Cuando me faltaban tres kilómetros, el francés Beyaert, que se sentía perseguido de cerca, forzó el tren y me sacó ventaja. Entré al páramo en el segundo puesto. Don Ramiro Mejía, con una botella de aguardiente entre pecho y espalda, me animaba atolondradamente desde la camioneta.

“No me retiro”

Aquel segundo puesto fue un error. Seguí corriendo sin disciplina, y a la próxima curva me fui de cabeza contra una piedra. Me lastimé la rótula. Pero eso no importaba. Otra cosa me amargaba; en la caída había perdido tres minutos. Como la camioneta no llevaba sino repuestos, pero ningún elemento de primeros auxilios, don Ramiro descendió y me dijo:

—¿Te retiras?

Yo respondí que no; que quería seguir adelante, de cualquier modo. Entonces mi patrocinador, entusiasmado por mi terquedad, me echó media botella de aguardiente en la rodilla y me ayudó a subir la bicicleta. Pocos minutos después había cazado a “El Sastre”. El francés me sacó en la meta exactamente los tres minutos que yo había perdido en el accidente.

NOTA DEL REDACTOR

“El Escarabajo”, nombre equivocado

La primera etapa de la II Vuelta a Colombia, en la cual participó Ramón Hoyos contrariando el parecer de los técnicos y solamente porque en ello se empecinó su patrocinador, don Ramiro Mejía, es quizá la más accidentada de las etapas corridas por el triple campeón. Como él mismo lo ha contado, antes de llegar a Villeta se rompió la frente contra una piedra, como cualquier novato. “De verdad era un novato”, dice Ramón Hoyos, recordando aquellos tiempos que medidos por sus triunfos parecen remotos, pero que son recientes: hace apenas cuatro años.

Cuando Hoyos participó en la II Vuelta a Colombia —y él mismo lo reconoce— no tenía ninguna experiencia. “Un ciclista debe conocer su bicicleta”, dice. Y Hoyos apenas tenía dos meses de estar montando en bicicleta propia. Además, sostuvo su moral milagrosamente, pues sus propios compañeros de equipo obstaculizaban su carrera, y el mismo don Ramiro Mejía —que Ramón Hoyos recuerda con extraordinaria gratitud— manifestó su pesimismo por la suerte de su patrocinado.

“Parecía un Cristo”

El redactor deportivo de El Tiempo, Jorge Enrique Buitrago, “Mirón”, visitó a Ramón Hoyos en el hospital de Honda. Había oído hablar de un ciclista accidentado, y por pura curiosidad periodística acompañó a la madre de Pedro Nel Gil, quien conocía al actual triple campeón, y se sentía preocupada por su suerte.

“Parecía un Cristo”, dice Mirón, recordando aquella mañana del nueve de enero de 1952 en que llegó al hospital de Honda y encontró a Ramón Hoyos, abierto en cruz en una cama, con el cuerpo lleno de peladuras, descalabrado y sin esperanzas.

“Nadie creyó que pudiera subirse nunca más en una bicicleta”, continúa recordando Jorge Enrique Buitrago, cuando se le pregunta qué impresión le causó el ciclista antioqueño, recluido en una sala del hospital de Honda. Y sin embargo, como él mismo lo cuenta, Ramón Hoyos siguió corriendo. Al finalizar la II Vuelta a Colombia, los periódicos de Colombia publicaron su retrato con una leyenda: “La revelación de 1952”.

Una equivocación

Cuando el pelotón salió de Honda, Jorge Enrique Buitrago estaba retrasado. Por eso presenció el momento en que Ramón Hoyos se lanzó en persecución de sus adversarios, con un minuto de retraso. Fue testigo del accidente que sufrió el actual triple campeón, y de la forma en que llegó al final de la tercera etapa, con muy pocos minutos detrás de puntero, el francés Beyaert, quien por primera vez corría ese año en Colombia.

Mirón recuerda que, cuando subía al páramo, Ramón Hoyos tenía “una rara apariencia de animal”. El cronista no pudo precisar, en su precipitud, el nombre del animal. Pero decidió bautizarlo, por la manera de correr, encorvado sobre su bicicleta: “El Escarabajo”.

En la actualidad, Ramón Hoyos es conocido en todos los círculos deportivos y en la prensa con el nombre que le puso Mirón aquel día: “El Escarabajo”. Pero, pensándolo con más calma, Mirón admite que se equivocó:
—En realidad —dice— estaba pensando en el saltamontes.

Capítulo 9. Primera etapa ganada

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La cuarta etapa de la II Vuelta a Colombia tenía para mí un significado especial. En primer término, la meta era Medellín. Allí me esperaban mi madre y mis amigos. En segundo término, era una etapa dura, y yo —a pesar de los golpes sufridos— me sentía con ánimos para ganarla. Cada hora que pasaba sentía subir de punto la moral, estimulado por don Ramiro Mejía.

Arranqué bien. Pero a los pocos minutos me di cuenta de dos cosas: la primera que al subir no me dolía mucho la cabeza, que llevaba vendada; y en cambio me dolía terriblemente al bajar. La segunda cosa de que me di cuenta fue de que mi duelo tendría que ser con nadie menos que con el ganador de la primera vuelta, el zipaquireño Efraín Forero. No le temía. Al contrario, me alegraba la idea de destacarme frente a un corredor de su categoría. Pero al mismo tiempo me daba cuenta de mi responsabilidad y de las dificultades que me esperaban en esa etapa.

Subiendo o bajando

Aprovechando la circunstancia de que en las subidas me dolía menos la cabeza, corrí fuerte hasta La Pintada, por terreno más o menos conocido. Llegué en el cuarto puesto, y sólo a 20 minutos de Forero. Mi posición no era notable, pero ofrecía esperanzas. Además, 50 corredores que habían salido de Bogotá, ya no quedaban sino 22, y eso me daba ánimos para resistir. Seguí corriendo fuerte, y en los próximos veinte kilómetros logré descontar a Forero los 20 minutos de ventaja. En ese momento me dispuse a largarlo en la primera oportunidad, y me precipité emocionado hacia otro de los instantes decisivos de mi carrera.

El duelo

Mi primer encuentro con Efraín Forero tuvo caracteres dramáticos. Fue un duelo en el barro, bajo un aguacero implacable y azotados por la granizada. Dos kilómetros más arriba de Santa Bárbara traté de borrarlo definitivamente. Pero Forero se me pegó a la rueda. Continuamos así, abriéndonos paso a través de la lluvia, el barro y el granizo; yo tratando de largarlo a la primera oportunidad, y él pegado a mi rueda, fuerte, insistente, corriendo como un sabio. En ese momento, estaba disputándole al campeón, al ídolo de las multitudes, un importante triunfo: el premio de montaña.

Durante ese duelo se me olvidó el dolor de cabeza. Sentía, remotamente, que algo me palpitaba adentro, contra la frente. Pero sabía también que debía ganar la mayor cantidad posible de tiempo mientras fuera trepando, pues en la bajada el dolor se volvería insoportable. Forero seguía pegado a mi rueda. En el instante decisivo, haciendo un esfuerzo supremo, me metí en el embalaje. Forero embaló al mismo tiempo, y entramos juntos, como si las ruedas de ambas bicicletas formaran parte de un mismo engranaje; juntos al premio de la montaña.

Sin embargo…

No obtuve la anhelada victoria, pero me sentía con fuerzas y, sobre todo, con un grande entusiasmo. En la cumbre me esperaba mi hermano José, con un tarro de gelatina de pata, que me mandaba mi madre. Aquello redobló mis fuerzas y mi entusiasmo. Pero entonces había empezado la bajada, y la cabeza me dolía terriblemente. Forero y yo seguíamos, vigilándonos, esperando la oportunidad de largarnos. Ambos estábamos corriendo fuerte y ya no cabía la menor duda de que aquella etapa se decidiría entre nosotros dos. Hasta ese momento, yo iba ocupando el puesto número doce en la clasificación general. Pero había una cosa importante: el puntero en la general, Beyaert, el francés, estaba quedado en esa etapa, por lo menos en veinte minutos. Adelante, en un duelo implacable, Efraín Forero y yo, nos disputábamos la victoriosa entrada a Medellín.

Fue en el plano donde empecé a perder terreno. Me había agotado el esfuerzo. La emoción me entorpecía, y un poco antes de entrar a Medellín, yo mismo comprendía que Forero me estaba dejando. Y me dejó. Me sacó cuatro minutos a la meta.

El botellazo

Sin embargo, fue emocionante haber entrado en el segundo puesto a Medellín. Mi madre, mis amigos, la gran muchedumbre antioqueña me recibieron con una ovación. En ese instante mi nombre empezó a circular insistentemente, como el del novato que podía llegar a ser campeón. Aquella recepción estimulante, me dio ánimos para la próxima etapa, a pesar de que mi ojo seguía hinchándose y la cabeza me dolía cada vez más.

Pero la próxima etapa importante —Cartago a Cali— fue una etapa desastrosa. Eran 234 kilómetros, y los corrí en la cola, con miedo, sin auxilios y desmoralizado. Cuando pasé por Candelaria, ocupaba el puesto número quince de la etapa. Pero los punteros habían pasado hacía tanto tiempo, que en Candelaria ya no había orden en la multitud. Me recibieron con burlas, tal vez a causa de mi triste figura: la camiseta llena de sangre y la cabeza vendada. No me di cuenta qué ocurrió sino un poco más tarde, cuando recobré el conocimiento: de entre la multitud salió una botella, arrojada con fuerza, y estalló contra mi cabeza.

Por fortuna

El botellazo volvió a abrir la herida del ojo, que ya empezaba a cicatrizar. En ese momento, por primera vez en toda la competencia, me sentí completamente sin fuerzas, dispuesto a rendirme. Aquello era superior a lo que yo había previsto: un choque contra una piedra, en la primera etapa; luego el botellazo. Y como consecuencia de las dos cosas, ese dolor de cabeza implacable.

Sin poder sostenerme sobre la bicicleta, me senté a un lado del camino y esperé a que pasara alguien. Pero ya los carros de auxilio iban muy adelante. Sólo veía pasar ciclistas. Ciclistas rezagados que me veían sentado en la orilla de la carretera, pero no estaban dispuestos a perder sus valiosos minutos en auxiliarme. Vi pasar, espaciados, los cinco coleros. Por último, como una aparición milagrosa, apareció un muchacho campesino que había ido de compras a Candelaria. Me preguntó qué quería.

—Una naranjada y algo para el dolor de cabeza—le dije.

El muchacho se fue, y al cabo de un instante regresó con un analgésico y una naranjada. Cinco minutos después, yo estaba otra vez sobre mi bicicleta. Entré a Cali de número veinte.

Triunfo contra Varisco

Como allí hubo descanso, cuando se inició la etapa Cali-Sevilla estaba repuesto. Sin mucho esfuerzo, logré sostenerme con el pelotón hasta la subida. Allí me despegué, me fui adelante, con mucha ventaja, y empecé a correr fuerte y con entusiasmo.

Corría tan bien en la punta, que apenas si alcancé a darme cuenta de que Humberto Varisco, el formidable ciclista argentino, me estaba cazando. Me alcanzó a los pocos minutos y seguimos corriendo juntos a lo largo de toda la etapa Cali-Sevilla. Fue un duelo silencioso, sin dramatismo, a diferencia del que había sostenido pocos días antes con Efraín Forero.

Dos cuadras antes del embalaje decidí arrancar, ahora no sé por qué. Pero aquella vez lo hice porque estaba desesperado por ganar una etapa, y había gente muy experimentada detrás de mí. Arranqué con tanta fuerza que Varisco no tuvo tiempo de reaccionar cuando yo —temblando de emoción— entraba a la meta en la primera etapa de importancia que ganaba en mi vida.

¿Después?

Lo que vino después ya se sabe por los periódicos. Entré de decimosexto a Bogotá, pero ocupé el 7.º puesto en la clasificación general. Los periódicos estuvieron de acuerdo en titular: “Ramón Hoyos, la revelación de 1952”.

Desde entonces empezó la expectativa por mi carrera, y no hay competencia en que yo participe, que no sea registrada en los periódicos. El argentino Julio Arrastía, que me vio correr en la II Vuelta, fue contratado como entrenador de los ciclistas antioqueños por la Liga de Ciclismo, y desde entonces empezó mi verdadera vida de deportista. Empezaron los entrenamientos metódicos, la esperanza entre la gente de mi departamento, y la curiosidad de los periodistas que, poco a poco, ha ido haciendo pública mi vida privada.

NOTA DEL REDACTOR

Ramón Hoyos no habla de Efraín Forero hasta cuando es absolutamente indispensable, y refiriéndose a sus relaciones como deportista, pero en todo momento el antioqueño manifiesta su admiración por el cundinamarqués, y no lo hace responsable de las dramáticas recepciones de que Hoyos ha sido objeto en Bogotá, cada vez que ha entrado como vencedor. Hay alguien, en cambio, contra quien hoyos se pronuncia en términos alarmantes: el público. “La gente es demasiado exigente”, dice. E insiste en que todo ciclista hace lo que puede, sin importarle lo que se diga, pero lamenta que sus fanáticos pretendan que siempre se hagan milagros.

“Cuando puedo ganar, gano”

“Durante una etapa —dice Hoyos— uno no piensa en la carrera total ni en nada. Piensa exclusivamente en la etapa que va corriendo”. Y el público está siempre dispuesto a pedirle cuentas al ciclista, tanto si gana como si pierde. En la III Vuelta a Colombia, por ejemplo, Hoyos iba ganando todas las etapas. “Está acabando con el interés de la vuelta”, se dijo. Y cuando empezó a perder, se dijo que el antioqueño se había forzado demasiado al principio y que no resistiría hasta el final de la carrera.
—¿Es cierto que las etapas que perdiste las perdiste voluntariamente? —se le preguntó voluntariamente.
—No es cierto—respondió—. La etapa que no gano es porque no puedo ganarla. Aunque al público se le antoje creer otra cosa.

“Forero es buen corredor”

Hablando de las desmedidas exigencias del público, Ramón Hoyos volvió a hablar de Efraín Forero. “Es un buen corredor —dijo—. Pero el público no quiere entender que un buen corredor también pierde, aunque corra muy bien”.
—Entonces, ¿el ‘Zipa’ no está quemado? —se le preguntó.
—Claro que no—explicó Hoyos—. Lo que pasa es que cuando Forero ganaba, los otros ciclistas no eran tan buenos como ahora.
Ramón Hoyos insistió en que el ciclismo colombiano es uno de los mejores del mundo.

¿Qué dice Arrastía?

El entrenador Arrastía está de acuerdo con Hoyos: Forero no está quemado. Más aún, está corriendo mejor que nunca, pero contra ciclistas que no pueden compararse con los que participaron en la I Vuelta a Colombia. Y Arrastía explica cuál fue la talla principal de Forero en la última vuelta:
—Forero se equivocó en la táctica —dice el entrenador argentino—. Siempre estuvo atacando y tratando de quemar a Hoyos, sin tener en cuenta que Ramón estaba corriendo mejor, es mejor ciclista y estaba en mejores condiciones.
—¿Cuál hubiera sido una táctica eficaz en Forero? —se le preguntó a Arrastía.
—Correr más a la expectativa, buscando la oportunidad para triunfar y procurando en todo caso ocupar la mejor posición posible. Pero corrió equivocado: en lugar de darse cuenta de que había otros corredores contra quienes luchar, se dedicó exclusivamente a correr contra Ramón.

Capítulo 10. Consejos a un joven ciclista

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RECUERDOS DE MI VIDA EN EL EJÉRCITO. BOGOTÁ ME HA RECIBIDO ASÍ DESDE LA III VUELTA. LO QUE MÁS ME GUSTÓ DE PARÍS, PUERTO RICO, MÉXICO Y BRASIL. POR QUÉ NO NOS HA IDO MEJOR A LOS COLOMBIANOS EN EL EXTERIOR. UNA CATÁSTROFE EN MI FAMILIA.

En 1953 —después de ganar la III Vuelta a Colombia—, Héctor Mesa, Fabio León y yo nos disponíamos a viajar a Bogotá, a concentrarnos para la competencia de Francia. En el aeródromo de Medellín, un sargento del Ejército me pidió la libreta militar. Yo no había definido mi situación, y el sargento prometió ayudarme si aplazaba el viaje a Bogotá y le acompañaba a la IV Brigada. Me dijo que en un cuarto de hora se arreglaría todo, y en realidad, aquel cuarto de hora se convirtió en 18 meses. Me trasladaron a Cúcuta, en donde el comandante de la Brigada me dijo: “Olvídese de la bicicleta”. Pero yo insistí, y fue así como viajé a Francia de todos modos, en representación de las Fuerzas Armadas. Y así participé y gané la IV Vuelta a Colombia, como cabo segundo.

Lo que nunca se supo

No es mucho lo que tengo que contar de mi vida en el Ejército, salvo una cosa que es de mucha importancia en mi carrera y que no se publicó en los periódicos: la fractura de mis dos manos. Yo formaba parte del batallón Caldas, en Bogotá, y había comprado una motocicleta. Un día de franquicia me fui a las Mesitas del Colegio, rolando por la buena carretera asfaltada. Me seguía un amigo, en otra motocicleta. En el viaje de regreso, cuando pasábamos frente al Salto, mi compañero trató de adelantarse por la izquierda. Yo me orillé para que el otro cortara la curva por la derecha, pero me fui contra el piso de arenilla. La motocicleta saltó por encima de mi cabeza, me ocasionó una herida en el cráneo y la fractura de las dos manos. Por eso no pude participar en el Campeonato Nacional de Ciclismo, que se efectuó en Cali, en junio de 1953.

Siempre ha sido así

Para esa época ya era un ciclista que salía retratado en los periódicos con frecuencia y a quien los fanáticos reconocían y seguían por la calle. Durante mi permanencia en Bogotá, como miembro de las Fuerzas Armadas, no tuve ningún problema con el público. Pero en cambio me sorprendió la actitud de protesta de la prensa por la recepción de piedras y palos que se me hizo en Bogotá, al concluir la V Vuelta a Colombia. En realidad, Bogotá siempre me ha recibido así, y para mí no fue una sorpresa que la última vez hubieran tratado de enlazarme, tumbarme de la bicicleta, y que me hubieran golpeado sucesivamente, desde cuando entré a la ciudad, hasta cuando llegué al velódromo.

Revólver en mano

Desde cuando se vio claramente que yo sería el vencedor en la III Vuelta a Colombia, mis amigos estuvieron seguros de que Bogotá no me recibiría bien, porque el público de Bogotá quería que ganara Efraín Forero. Entonces, viajaron desde Antioquia cuatro motociclistas, quienes me escoltaron, revólver en mano, hasta la culminación de la III Vuelta. Pero esa precaución no sirvió de mucho: cuando salía del velódromo fui recibido con piedras, cáscaras y palos. Bajo una tremenda lluvia de golpes, tratando de defenderme con la bicicleta. Logré llegar hasta el vehículo que me conduciría al hotel Casa Marina. En el trayecto me arrebataron de las manos la bicicleta —la primera bicicleta de carreras de mi propiedad— y nunca volví a saber de ella.

Por eso no me sorprendió la recepción que se me tributó en Bogotá en la V Vuelta. Me sorprendió, en cambio, que después de la III Vuelta hubiera sido más nutrida y entusiasta que la de este año la recepción que se me tributó en Medellín.

En el exterior

Cuando asistía a la escuela de Marinilla, hace ahora casi 20 años, no me pasó por la cabeza la idea de que alguna vez viajaría al exterior. Ahora he estado en México —que me gustó por sus mujeres y su música—, en Puerto Rico, en Brasil y en Francia.

No tengo muchos recuerdos importantes de esos viajes. De mi permanencia en Francia recuerdo la belleza de la Torre Eiffel y el jardín zoológico. Y de este último recuerdo apenas la impresión que me causaron los leones.

En Francia no pudimos ganar. Desde el primer instante me di cuenta de que no estábamos preparados para participar en esa prueba y de que tendríamos que enfrentarnos a los mejores corredores del mundo en carreteras muy diferentes a las nuestras. Por eso, para mí no fue una sorpresa la suerte que corrimos los colombianos en Francia.

En México

En México, en cambio, la razón fue distinta. Allí fui en un equipo compuesto por Héctor Mesa, Efraín Forero y Justo Pintado Londoño, para participar en el circuito Ciudad Universitaria. Éramos cuatro, pero tuve que librar sólo la batalla contra los formidables corredores mexicanos. Y con ese esfuerzo, a pesar de mi desventajosa situación, logré ganarle a Zapopan Romero, el magnífico deportista que ahora vino como entrenador de los mexicanos que participan en la V Vuelta a Colombia.

Aquí se ha hablado mucho de los mexicanos. A mí no me sorprendió. A pesar de que las circunstancias eran distintas, los había visto desempeñar en México un papel mejor que el de aquí, desde el punto de vista técnico. Cuando supe —antes de la V Vuelta— que aquí estarían Vaca, Cano y Liñán, francamente tuve temor por mi campeonato. Y ese temor fue agravado por la circunstancia de que me resfrié al llegar a Bogotá —como siempre ocurre— y todas las etapas, hasta Ibagué, las corrí con dolor de muela. No podía pensarse en la extracción, pues no habría podido seguir corriendo. Por fin, en Ibagué, se decidió que un odontólogo matara el nervio de la muela enferma. Eso me salvó del fracaso en la última vuelta.

Puerto Rico

El circuito Ciudad Universitaria lo ganó el representante de Venezuela, Arsenio Chirinos. Quedé picado, como se dice. Deseaba tener la oportunidad de enfrentarme de nuevo con él. Y esa oportunidad había de presentarse mucho antes de lo que yo esperaba: en Puerto Rico, el 18 de septiembre de 1954. Era una carrera de 801 kilómetros, para hacerlos en cinco días, con uno de descanso. Me acompañaban, en el equipo de Colombia, Benjamín Jiménez, por las Fuerzas Armadas, y Óscar Salinas, del Valle. Como entrenador: Julio Arrastía.

Yo empecé esa carrera desmoralizado, pues estaba convencido de que sólo participarían, además de Colombia, Venezuela, Santo Domingo y México. Pero al llegar a Puerto Rico nos esperaba una sorpresa: habían aceptado a un equipo belga. Yo me acordé de la competencia de Francia. Pensé que las carreteras de Puerto Rico eran como las de Europa y que esa era una circunstancia favorable para los belgas. Además, aún no estaba muy seguro de mis manos, que hacía pocos meses habían sufrido la fractura de la que antes he hablado. Pero me saqué el clavo de México: le gané a Arsenio Chirinos.

La lección del exterior

De esos viajes al exterior he obtenido una buena lección: en todo el mundo hay gente que sabe correr mejor que nosotros. No debemos hacernos ilusiones, pero podemos estar seguros de que con método y voluntad podremos correr con éxito en cualquier parte del mundo.

Un deportista que quiera llegar a ser campeón tiene que enfrentarse a todas las adversidades, sin desmoralizarse. Hasta hoy, mi período de desmoralización más alarmante fue el que comenzó el 11 de julio del año pasado, cuando los derrumbes del cerro Santa Elena —donde batí mi primer récord— sepultaron a mi madre y a mi hermana mayor, María Angélica. Yo recibí la noticia en el cuartel, en Bogotá, cuando aún tenía las manos enyesadas. Esa mañana había recibido una carta de mi madre, donde me decía que me cuidara mucho. Aproximadamente a la misma hora en que yo leía la carta, mi madre y mi hermana caían sepultadas por un cerro que desde mucho antes estaba estrechamente vinculado a mi carrera.

Pasó mucho tiempo antes de que pudiera olvidar esa espantosa coincidencia. Cuando llegué a mi casa, al día siguiente, los cadáveres estaban expuestos en la sala, y en una de las alcobas, mis hermanos Juan de Dios y Francisco Alberto, el menor, se encontraban heridos. Esa tarde sentí que había llegado al final de mi carrera. Mi moral se vino abajo. Tuve un largo período de desorden, de disipación. En pocos meses perdí todo lo que había ganado en varios años de aprendizaje y vida metódica. Gracias al entrenador Julio Arrastía, que me infundió nuevos ánimos, logré reaccionar de aquella crisis. Ahora puedo ponerla como ejemplo a los jóvenes ciclistas que aspiran a llegar a ser campeones. No se necesita de mucho: basta con una vida ordenada y, sobre todo, con una firme e irrevocable voluntad de llegar a ser campeón, por encima de la cabeza de todo el mundo.

Capítulo 11. La ovación en Antioquía

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INTIMIDADES DE LA III VUELTA A COLOMBIA. MI BATALLA CONTRA DOS CAMPEONES. LA ALEGRÍA DEL TRIUNFO Y EL DOLOR POR EL PERCANCE OCURRIDO A CONRADO TITO GALLO. PUNTERO ABSOLUTO.

Conquisté el campeonato nacional de ciclismo en la III Vuelta a Colombia. En la segunda ocupé el sexto puesto en la clasificación general. El ganador de esa competencia había sido el francés José Beyaert, a quien todos los ciclistas llamamos, sencillamente:  El Francés. La primera vuelta la había ganado el zipaquireño Efraín Forero. Ambos participaron en la III Vuelta y tuve que disputarme el triunfo contra ambos, pues en algunas ocasiones tuve la impresión de que se habían puesto de acuerdo para correr en equipo. En varias etapas corrimos juntos, cuidándonos el uno del otro, y esa circunstancia hizo que mi triunfo en esa ocasión fuera el más difícil que he conquistado en mi vida.

Esta mala salud

Mi posición en la III Vuelta fue ganada minuto a minuto, contra un grupo de ciclistas extraordinariamente bien preparados, y entre ellos mis coterráneos, de manera especial. No recuerdo un pelotón que hubiera salido con tantos bríos como el que se largó a las ocho y media de la mañana del 19 de febrero de 1953, de la plaza de Bolívar de Bogotá, compuesto por 56 corredores. Se iban a correr 1.923 kilómetros, pero todos empezaron como si no nos esperaran largas jornadas, sino como si apenas se hubiera tratado de correr una etapa. Sólo a la altura de Facatativá, en la primera etapa, empezaron a decidirse las cosas: logró desprenderse un pelotón inicial formado por Jorge y José Beyaert, Efraín Forero, Óscar Salinas y Óscar Oyola; y yo entre ellos. Pero como me ocurre siempre, mi salud me falló en este trayecto. El calambre y los vómitos me hicieron perder tiempo precioso. Cuando supe que Efraín Forero había entrado triunfante a Honda, todavía estaba yo pedaleando en la carretera, luchando con mi estómago. Cuando llegué a la meta, hacía 21 minutos que Forero había sido recibido triunfalmente.

Casi, casi

Al siguiente día me sentía mejor, pero estaba un poco desmoralizado por mis percances de la primera etapa. Todos los participantes seguían corriendo fuerte, hasta el extremo de que los dos campeones, el francés y Forero, no pudieron largar el pelotón en los primeros 30 minutos. Era un grupo compacto hasta nuestro paso por Mariquita, en que se inició un tremendo duelo entre los vencedores de las dos vueltas anteriores. Empezaron a cuidarse, y un grupo de ciclistas aprovechó esa circunstancia para forzar el tren. Entre ellos iba yo, que haciendo un supremo esfuerzo, casi corriendo como un loco, logré ponerme en la punta por primera vez en la III Vuelta. El huilense Carlos Orjuela me seguía de cerca. Pero ya yo iba con las agallas tan abiertas, que antes de llegar a Fresno, empecé a largarlo, y le saqué más de un kilómetro de ventaja.

Sin embargo, mi entusiasmo fue perjudicial. No había contado con que a la entrada a Fresno hay una pronunciada pendiente, muy difícil de vencer. Cuando me encontré en ella, estaba agotado. Entonces Orjuela se me vino encima con tanta fuerza que batió por casi veinte minutos de ventaja el récord de esa misma etapa -que estaba en poder del francés- y se ganó espectacularmente la etapa.

En la rueda del francés

Creo que mi primera etapa ganada -la tercera- sorprendió a los periodistas, pues a pesar de los numeroso fotógrafos que andaban con nosotros en la Vuelta, la mayoría de los periódicos tuvo que recurrir a mi fotografía del carnet de la Liga de Ciclismo de Antioquia. Pero apareció en primera página, al lado de la del francés.

No fue una etapa dura. Efraín Forero había sufrido un ligero accidente, de manera que mi batalla fue solamente contra el francés. Entramos juntos a Manizales, empatados, pero aquella formidable posición me dio a entender que me encontraría en buenas condiciones para cumplir mi sueño dorado: entrar en la punta a Medellín. Un ciclista debe dormir bien. Pero la noche anterior al día en que se correría la etapa Aguadas-Medellín tuve dificultades para conciliar el sueño.

Volando hacia Medellín

Eran 127 kilómetros, por una carretera endemoniadamente estrecha y tortuosa. Yo estaba un poco descorazonado esa mañana, pues desconfiaba de las condiciones lamentables de la carretera. Hubo que hacer de todo en esta etapa: saltar sobre baches, echarse al hombro las bicicletas y perder en todo eso una cantidad preciosa de tiempo y fuerza. Además, fue preciso neutralizar a los corredores en La Pintada, y yo –acordándome de mi fracaso en ese lugar, tres años antes– reanudé la marcha, pesimista y cansado. Pero sabía que la entrada de un antioqueño triunfante a Medellín iba a ser algo realmente sensacional, y me dispuse a ganarme aquella etapa a cualquier precio.

En ese momento tenía una ventaja: estaba corriendo por terreno conocido, por la tierra antioqueña donde hice mis primeras armas. Estimulado por aquella emoción, empecé a correr fuerte antes de llegar a Santa Bárbara, y pasé por allí con un kilómetro de ventaja sobre Justo Pintado Londoño, otro antioqueño que también trataba, como yo, no tanto de ganar la etapa por el triunfo, como por demostrarle a Medellín que un antioqueño iba a la cabeza.

Qué emoción

No podrá olvidar jamás mi emoción cuando de Versalles en adelante una densa multitud de paisanos me saludaba con resonantes ovaciones. Entonces no supe si tenía fuerzas para correr, o si un milagro me hacía volar hacia Medellín. Yo sabía que los antioqueños quería ver un antioqueño en el primer puesto, y volaba hacia Medellín en medio de las formidables ovaciones que tronaban a todo lo largo de la carretera. Ahora no me explico cómo no sufrí un pinchazo y me rompí la cabeza contra una piedra. Corría sin pensar en otra cosa distinta del triunfo, embriagado por la probabilidad, cada vez más segura, de entrar en la punta a Medellín.

Una interminable caravana de automóviles, de amigos y compañeros en bicicleta se iban pegando a mi rueda a medida que me acercaba a la ciudad. Yo me sentía corriendo en mi casa, entre mi gente, y la emoción me hacía olvidar de todos los peligros que afrontaba corriendo de aquel modo.

“Ahí voy”

Con cuatro minutos de ventaja sobre mi perseguidor, Londoño, pasé por la población de Caldas en medio de la más atronadora ovación que recuerde en mi vida. Pero entonces apenas si me daba cuenta de eso. Apenas si me di cuenta de cuando pasé por Itagüí, y entré embalado a la meta, y fui levantado en hombros sobre una delirante multitud de 70.000 personas. Esa tarde tuve por primera vez la noción del campeonato. De allí en adelante no tuve la menor duda de que ganaría la Vuelta a Colombia.

Una mala noticia

Sin embargo, mi alegría del triunfo fue nublada por una mala noticia: Tito Gallo, mi grande amigo, precursor del ciclismo en el departamento, sufrió una aparatoso accidente precisamente en el momento en que yo recibía la formidable ovación en Caldas. Tito Gallo también trataba de ganarse a Medellín, y había forzado el tren como lo hicimos todos los antioqueños en aquella época.  Con el cráneo fracturado, Tito Gallo era conducido al hospital, mientras yo entraba triunfante a Medellín. Algo me molestaba en la conciencia . Y algo me seguía molestando cuando vi mi retrato destacado en las primeras páginas de los periódicos, no sólo a causa de mi triunfo en la etapa de Medellín, sino porque en ese momento era puntero absoluto en la III Vuelta a Colombia.

Saliendo a flote

Al llegar a Medellín, mi posición empezaba a hacerse importante, pues se suponía que podía batir un nuevo récord, al llevar el 40 por 100  de etapas ganadas. El récord lo tenía Efraín Forero, con el 70 por 100 en la primera vuelta. Yo, que había corrido como un novato en la II Vuelta, que había corrido la primera etapa de la II Vuelta como uno del montón, empecé a darme cuenta, después de mis primeros triunfos, de cómo se va saliendo a flote, poco a poco, en las páginas del periódico. “Valiente como ninguno –decía un periódico, en un recorte que conservo–, guapo hasta la temeridad, sobresaliente en todo sentido, el ciclista antioqueño a quien se ha apodado El Escarabajo de la Montaña, se está convirtiendo en la figura sobresaliente de nuestro deporte. Casi no habla, anda en las carreras dando gracias por todos los servicios que le prestan, mira siempre hacia adelante, alcanza siempre a los adversarios y después de darlas unas breves palmadas por la espalda, vuelve a embalar”.

Leyendo aquella nota, amable y exagerada, yo me acordaba de la primera vez que mi nombre apareció en un titular, tres años antes: “Ramón Hoyos vio brillar su estrella”.

En mi casa de Medellín, entre mi familia, mis amigos y una incontenible cantidad de admiradores, yo sentía que otra vez me había metido en camisa de once varas: aún tenía que luchar mucho y sufrir mucho, antes de ganar la III Vuelta a Colombia.

Capítulo 12. Empieza el duelo con Forero

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UNA CAÍDA MÍA BIEN APROVECHADA POR EL “ZIPA”. HOYOS SIGUE BATIENDO RÉCORDS. NADIE HA TENIDO MÁS APOYOS QUE YO. FORERO Y BEYAERT CUIDÁNDOME. EL DUELO EMPIEZA A DEFINIRSE.

Creo que desde cuando estoy corriendo en bicicleta no he tenido un duelo más sensacional que el que protagonicé con Efraín Forero en la etapa Riosucio-Medellín, en la III Vuelta a Colombia. Arrancamos de la capital antioqueña a las seis y cuarenta y cinco minutos, y a las siete y quince Forero y yo nos habíamos separado del pelotón y corríamos adelante, por una carretera pedregosa y torcida, en la que lo menos grave que podía ocurrir al menor descuido era un pinchazo. No corríamos en línea recta: tratábamos de eludir las piedras, pero lo hacíamos a tal velocidad que en pocos momentos dejamos atrás los carros acompañantes. Si entonces hubiéramos sufrido un pinchazo habríamos tenido que esperar quién sabe cuántos minutos hasta cuando vinieran con los repuestos.

Forero en la punta

La ventaja de Forero comenzó en la gran bajada después de Itagüí. Evidentemente, no pensaba en los pinchazos, y sabía que es en bajadas donde más se rinde, porque se voló literalmente, corriendo como un loco, y cuando yo trataba de no perderlo de vista ya llevaba 800 metros de ventaja sobre el pelotón. Se tragaba el camino. Yo empujaba, rindiendo todo lo que podía, pero Forero parecía impulsado por un motor. Estábamos cubiertos de polvo amasado con sudor, empeñados en una carrera que por lo menos en aquella etapa se había convertido en una carrera de nosotros dos. Cuando pasamos por La Pintada, sin embargo, había logrado reducir a un minuto mi desventaja. Y a menos de tres kilómetros más allá, en una vuelta del camino, pasé como un torpedo, en el instante en que Forero cambiaba de máquina porque había sufrido un pinchazo. En la operación empleó exactamente el minuto de ventaja.

Volando

La cosa fue entonces más peleada, a lo largo de varios kilómetros seguimos juntos, sin un milímetro de rueda de ventaja, hasta cuando llegamos a una pendiente. Yo estaba optimista, porque sabía que Forero no era mejor para trepar. Pero trepó como un diablo. Se me fue, me fue dejando, y antes de que yo tuviera tiempo de reaccionar ya me llevaba un kilómetro de ventaja.

Nuestro entrenador, Roberto Guerrero, emocionado con el duelo, se subió entonces en una motocicleta y persiguió a Forero, con el cronómetro en la mano, para medir exactamente su ventaja. Regresó donde mí, volando él también en su motocicleta y me dio algunas instrucciones. Pero Forero seguía tragándose el camino. Todavía estábamos lejos de Valparaíso y ya me llevaba casi dos kilómetros de ventaja, a pesar de que yo no había perdido el ritmo.

Mi buena estrella

Pero allí volvió a favorecerme la suerte: diez minutos antes de llegar a Valparaíso, Forero volvió a pinchar. Cuando eso ocurrió ya yo había disminuido algunos segundos a su minuto y medio de ventaja. Estábamos corriendo de tal modo que el tercero en la etapa, Orjuela, venía varios kilómetros detrás de mí.

En ese momento me acordé de Valparaíso. Pensé en la multitud que sin lugar a duda esperaba ver a un antioqueño en la punta. Traté de acelerar, aprovechando el pinchazo de Forero y la circunstancia de que allí la pendiente era más pronunciada, pero por el momento fue inútil mi esfuerzo. Forero cambió de máquina con asombrosa rapidez y siguió subiendo como un verdadero trepador de paredes.

Tal vez aquel esfuerzo lo agotó. Yo seguí cerca de él, esperando el momento oportuno para cazarlo, y a menos de dos kilómetros de Valparaíso logré sacarle una insignificante ventaja. Pasé como un bólido por las calles de la población delirante, seguido a menos de tres metros por Forero.

Por fin: Riosucio

Pero aquel fue un triunfo momentáneo. No sé si estaba demasiado entusiasmado por mi ventaja, pero lo cierto fue que sufrí una aparatosa caída y no me rompí la cara por milagro. Apenas estaba tratando de recuperarme cuando ya Forero iba adelante como un cohete. Perdí terreno, pero no me sentí desmoralizado, de manera que seguí corriendo, ahora tratando de no forzarme, sino esperando una nueva oportunidad de cazarlo. Y esa oportunidad llegó muy pronto: Forero sufrió una aparatosa caída. Se fue de cabeza contra el camino pedregoso. Cuando pasé junto a él, volando, alcancé a ver que tenía la cara llena de sangre. Fue la última vez que lo vi en esa etapa. Agotado por el tremendo esfuerzo entré a las calles de Riosucio, donde una muchedumbre enloquecida me recibió con atronadoras ovaciones.

Tres contra tres

Mi otra etapa dura —después de haber perdido sucesivamente desde Riosucio— fue la de Cali-Popayán. Allí no fue un duelo contra Forero solamente. Fue contra él y contra el francés, que se vigilaban mutuamente, y que al parecer preferían correr en equipo para dejarme. En los primeros kilómetros de esa etapa ninguno de los tres iba de puntero. Adelante iban, según creo, Salinas, Chiriboga, Echeverri e Isaza. Más atrás iba otro pelotón, con Forero a la cabeza, seguido por Beyaert. Rápidamente logré darles alcance, pero cuando traté de dejarlos se trabó entre los tres un duelo, muy duro de definir. Allí fue donde se demostró la eficacia del equipo antioqueño, que colaboró con notable acierto en mi escapada. Así pude dejar a Forero e irme a la punta. Pero el francés seguía vigilándome implacablemente. Y yo, en vista de que él también trataba de halar, lo vigilé a mi turno, y juntos salimos hacia adelante.

Esto se va definiendo

Ya solos en la punta del segundo pelotón, no me resultó difícil dejar al francés. Pero aún faltaba lo más duro: cazar a Petróleo Echeverri, que iba punteando desde hacía rato. Le había sacado tres kilómetros  al francés cuando empezó la cacería de Petróleo, en una pendiente que me llenó de optimismo. Al paso por Piendamó logré alcanzar la punta. Y quince kilómetros antes de llegar a Popayán, la gente se había quedado atrás. Y yo, corriendo fuerte, sabía que la etapa estaba ganada.

Mañana será otro día

Sucesivamente, gané la etapa Popayán-La Plata, en duelo con el francés. Y luego perdí terreno en las sucesivas, que fueron ganadas por Petróleo Echeverri y Héctor Mesa. Pero yo seguía de puntero en la clasificación general, y llegué a Girardot —en la penúltima etapa— en el decimotercer puesto, pero con todas mis esperanzas en la última etapa.

Esa noche, en Girardot, empezó a tratárseme como el triunfador de la III Vuelta a Colombia. En esos momentos tenía encima mayor cantidad de apodos que ciclista alguno haya tenido jamás. Tenía el primero, puesto el año anterior por el periodista Jorge Enrique Buitrago: “El Escarabajo”. Y los que me encasquetaron en la III, en los diferentes periódicos: “El Constellation”, “El Ascensor” y “Ramón Refuego”. Con aquella cantidad de nombres encima, y la expectativa de Antioquia por mi triunfo seguro, me dispuse a “echar el resto” en la última etapa. Se me advirtió que debía dejarle la punta a Efraín Forero, para evitar una mala recepción en Bogotá, pero yo llevaba solamente un minuto de ventaja al francés, en la general, y no quise correr el riesgo. Además, se me advirtió que había un grupo de motociclistas antioqueños en Bogotá, destacados expresamente para proteger mi vida.

¡Campeón!

Como lo había esperado, fue terriblemente difícil desprenderse del pelotón, pues los primeros eran planos y bien pavimentados. Además, no contábamos con un obstáculo de última hora: los numerosos automóviles y camionetas que salieron a la carretera, y que en ciertos momentos impedían el paso, literalmente.

Nada más que para los jueces, corrían a la par de nosotros 30 carros. El Jaguar Díaz y Bonifacio Arango fueron coleados por carros particulares absolutamente ajenos a la carrera, y estuvieron a punto de verse obligados a retirarse a última hora.

Hasta El Triunfo, bajo un fuerte aguacero, no había logrado quitarme de encima al francés, que venía corriendo mejor que nunca, pero en cambio Efraín Forero iba perdiendo terreno, con cuatro minutos de desventaja, por lo menos. Sólo al pasar  las Mesitas del Colegio me sentí  definitivamente en la punta, y empecé a empujar, escoltado ya por los motociclistas antioqueños, que corrían revólver en mano. Aquello me produjo una emoción incontenible. Corrí tan fuerte, que sin esperarlo batí el récord Bogotá-Girardot, al hacer el recorrido en cuatro horas, cincuenta y cinco minutos y veintiún segundos.

El revés de la fama

No olvidaré nunca mi entrada a Bogotá, como triunfador absoluto en la III Vuelta a Colombia. Fue una victoria emocionante. Pero un momento después, cuando concluyó la ovación y abandoné el velódromo para dirigirme al hotel Casa Marina, donde me disponía a descansar, recibí mi primera decepción. Piedras y palos me saludaron a la salida del velódromo. Yo sabía, mientras me abría paso a través de la multitud, que la camioneta no estaba lejos. Podía verla por encima de la muchedumbre vociferante que me golpeaba, mientras yo trataba de abrirme paso y de defenderme con la bicicleta.

Casi ciego, a causa de los golpes, logré llegar hasta mi vehículo. Estaba dispuesto a decirle al conductor que arrancara inmediatamente, abriéndose paso por la fuerza a través de la multitud, pero el conductor había sido sacado a viva fuerza de su asiento. Sin embargo, las llaves estaban puestas. Rápidamente me introduje en la camioneta y arranqué, entre un cerrado bombardeo de piedras y palos, que volvían pedazos los vidrios. Cerré los ojos, puse en marcha el motor, y arranqué violentamente. Sólo cuando ya me había librado de la lluvia de piedras, con los vidrios completamente destrozados, caí en la cuenta de que me habían robado la bicicleta, en que conquisté la victoria de la III Vuelta.

Capítulo 13. Secretos de la IV Vuelta

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EL CASO DE LOS 13. LOS CICLISTAS HABÍAN APRENDIDO A CORRER. LA CAMISETA DE LAS FUERZAS ARMADAS. TRISTEZA DE ANTIOQUIA. “HAY QUE CAZAR A HOYOS”. OTRA VEZ EN CUATRO RUEDAS.

Corrí la IV Vuelta a Colombia en representación de las fuerzas armadas. Como he dicho, en el aeródromo de Medellín fui reclutado y luego enviado a Cúcuta, donde al principio se me hicieron perder todas las esperanzas de ver una bicicleta mientras permaneciera en el ejército. Sin embargo, posteriormente se me trasladó a Bogotá y se anunció que participaría en la IV Vuelta, en representación de las fuerzas armadas. Sé que hubo mucha tristeza en Antioquia porque ese año ya no formaría parte de los equipos de mi departamento, y que esa tristeza fue más intensa cuando empecé a ganar etapas, y mi nuevo triunfo empezó a definirse.

Me sentía muy bien cuando se dio la largada, en las primeras horas del 12 de enero de 1954. Sin embargo, sabía que todos los participantes estaban tan bien entrenados que hice una declaración para la prensa: “Ganará la vuelta alguno de mis compañeros de equipo —dije—, o sea quienes estamos representando el ejército nacional. O en caso contrario, Efraín Forero se llevará este año un sonado triunfo”.

A paso de tortuga

Con esa idea corrí la primera etapa, en la que no representé ningún papel notable. Pero la ganó uno de mis compañeros de equipo, Benjamín Jiménez. A Tunja —meta de la primera etapa— llegué en tercer lugar. En cambio, en la segunda etapa —de Duitama a Málaga— logré correr bien, a pesar de que todavía no me sentía en forma, y por entre enormes nubes de polvo, que borraban la visión de la carretera. Por primera vez, la Vuelta a Colombia se corría por el oriente del país, y cada vez se tenían peores noticias sobre las condiciones de los caminos por donde teníamos que pasar. Yo me sentía pesimista, internándome por terrenos que no conocía, y en una competencia dura, que era como para poner a prueba a los mejores ciclistas. Esa noche, en el comedor del hotel Capitolio de Málaga, le dije al redactor deportivo de El Espectador, cuya camioneta me había acompañado a lo largo de toda la etapa:

— Gracias por la compañía en esta etapa tan dura. —Y respondiendo a una pregunta suya, le dije—: Todavía no estoy en forma. No es jactancia, sino que estoy seguro de que cada vez estaré mejor, porque las primeras etapas son un buen entrenamiento.

“Los que vamos a México”

Y era verdad, hasta ese momento, después de haber ganado la tremenda etapa Duitama-Málaga aún no me sentía en forma. Por otra parte, debo confesar que no estaba dispuesto a quemarme en esa vuelta, pues prefería hacer un mejor papel en México, adonde debía viajar próximamente. “Yo considero esta vuelta como un grande entrenamiento para ir a México”, le dije al redactor deportivo de El Espectador, en el hotel Capitolio de Málaga, tratando de curarme en salud por lo que pudiera suceder en los días siguientes.

Sin embargo, la cosa al día siguiente no fue muy dura, pues los organizadores de la vuelta empezaron a darse cuenta de que por el oriente la cosa era más brava y no querían maltratar a los corredores que viajarían a México. Se abreviaron, pues, muchos kilómetros en la etapa, viajando en camioneta desde Málaga a Chitagá. Desde cuando estaba corriendo en bicicleta, era aquella la primera etapa que corría en cuatro ruedas, y confieso que nada me pareció más ridículo que verme a mí mismo y a mis compañeros viajando en camionetas.

“Hay que cazar a Hoyos”

Entré victorioso a Cúcuta, a pesar de que se formó un equipo complejo, formado por gente de todas partes, para cazarme cuando iba en la punta, pedaleando bajo un terrible aguacero y a través de barro. Haciéndome la cacería iban Héctor Mesa, Efraín Forero, Justo Londoño, Óscar Salinas y Roberto Cano Ramírez. Perseguido de cerca, cuando pasé por Pamplona, creo que iba desarrollando una velocidad de 50 kilómetros por hora. Más tarde supe que los componentes de ese pelotón pincharon varias veces, se cayeron y golpearon, pero se incorporaron rápidamente, dispuestos a cazarme. Y antes de llegar a Cúcuta lo lograron, pero yo seguí halando fuerte, mientras ellos decidieron cuidarme mutuamente. Cuando entré a Cúcuta, en medio de formidables ovaciones, me sentía completamente agotado a causa del esfuerzo.

Otra vez en cuatro ruedas

Al día siguiente, volvió a ocurrir aquella cosa ridícula: la mayor parte del trayecto —Cúcuta a Pamplona— tuvimos que hacerla en camioneta, “para no cansar a los que van para México”, según se decía. Y allí paramos nosotros, cada uno en su camioneta, padeciendo la impresión de que nos habíamos visto obligados a retirarnos. Por fin se inició la etapa. Yo me sentí satisfecho de que hubieran dejado de tratarnos como señoritas y nos soltaran en nuestras bicicletas, a disputarnos la etapa con los pedales. A la subida del páramo de Santurbán, el polvo se nos metió otra vez por los ojos y las narices; fue trágico correr de esa manera, casi a ciegas y dando tumbos por el camino. Y a ese inconveniente vino a sumarse a la altura del páramo una densa neblina, que eliminó casi por completo la visibilidad. Pedaleando con mucha precaución, para no rodar a un abismo, fue preciso disminuir el tren y seguir corriendo a tientas, en la etapa más aburridora que he corrido en mi vida. Allí estuvo a punto de perder la vida Yezid Calderón, el buen ciclista de Palmira, que perdió el control y se vio arrojado a un abismo de cuarenta metros. A pesar de mi aburrimiento, entré a Bucaramanga, con una ventaja de cinco kilómetros, pero casi completamente desmoralizado.

Otras razones

En Bucaramanga surgió otra razón para no perder el entusiasmo; el francés estaba enfermo, según se decía. No había desempeñado un papel notable en toda la vuelta, y se aseguraba que la próxima etapa —Bucaramanga-Socorro—, la iba a correr a pesar de su fiebre. En esa forma, y otra vez tragando polvo, no corrí con mucho entusiasmo en una etapa en la que mis compañeros Justo Londoño y Héctor Mesa resolvieron tragarse el camino, con polvo y todo. En el embalaje final, y sobre una recta de 20 kilómetros, se impuso Londoño por una rueda de ventaja. Yo seguía de puntero en la general, pero todavía sin ningún entusiasmo.

Tal como lo había pensado, me sentía mejor entrenado a medida que progresaba la competencia. Pero de nada me servía, pues la próxima etapa no fue para ciclistas. Fue para jóvenes escolares, en camionetas y ferrocarril. En efecto, la preocupación de los corredores de México continuaba en progreso. De manera que los antioqueños y los del ejército viajamos en avión, de Socorro a Medellín, y de allí en tren a Santiago, Antioquia. Hasta Puerto Olaya, atravesando toda la selva del Carare, viajaron los otros, cómoda y aburridoramente sentados en los vehículos acompañantes. Tuvimos así oportunidad de contemplar un paisaje extraordinario, la selva brava y densa, como una excursión del colegio, con comidas y descansos, ni más ni menos. Luego, atravesando el río en lanchas, tomando el ferrocarril de Antioquia, hasta la población de Santiago.

El caso de los 13

Fue entonces cuando se presentó el bullicioso conflicto encabezado por el francés: 13 ciclistas que viajaron por el Carare se negaban a continuar adelante, por las malas condiciones en que se encontraban sus bicicletas, a causa de los pésimos caminos que había sido preciso recorrer. “Quienes han tomado la determinación de retirarse son los que no tenían ningún chance de clasificar”, manifestó el coronel Arámbula, presidente de la Asociación Colombiana de Ciclismo. Y consideró necesario imponer sanciones.

“Lo que sucede —declaró el francés en esa ocasión, explicando su actitud— es que todos los ciclistas estamos juntos para defender nuestros derechos…”. Del Socorro fui el primero en salir a Barbosa. Allí nadie había dejado instrucciones para recibirnos y alojarnos. El secretario del alcalde se mostró sorprendido de nuestra visita… Tuvimos que contratar, otros corredores y yo, un carro para viajar por nuestra cuenta a Puerto Olaya: nos costó 140 pesos… Hemos viajado sin almorzar…

Llegamos a las cuatro de la tarde y a las ocho de la noche todavía no habíamos comido nada… Por fin logramos pasar en balsa a Puerto Berrío… Al día siguiente se nos presentó el señor Zuleta Bernal, de la Asociación de Ciclismo, y nos dijo a voz en cuello:

— ¿Se van o no se van?

Contestamos que íbamos a desayunar. Y se nos respondió que el tren salía dentro de cinco minutos. Total que cuando llegamos a Santiago faltaban veinte minutos para la partida de los ciclistas, y estábamos sin almorzar… Pero el señor Zuleta Bernal dijo que sólo importaba la salud de los que viajaban a México.

Después de semejante altercado, la IV Vuelta siguió adelante. Pero creo que ya nadie tenía muchas ganas de correr.

Capítulo 14. Al conocer la tragedia

ramonhoyos14

LAS EXTRAÑAS COINCIDENCIAS DE LA CATÁSTROFE DE LA MEDIA LUNA, DONDE BATÍ MI PRIMER RÉCORD. LA MORAL QUE ME INFUNDIÓ JULIO ARRASTÍA. LO QUE SE PIENSA DE MÍ Y LO QUE YO PIENSO.

Lo demás fue pelearse la punta, con un grupo de pedalistas dispuestos a ganar: Efraín Forero, Héctor Mesa y Justo Pintado Londoño, principalmente. De manera especial en la última etapa este grupo formó un pelotón compacto muy difícil de romper. Sobre la recta final de los 100 metros, Efraín Forero embaló en forma sensacional y se llevó la etapa y la gigantesca ovación de 50.000 espectadores, que gritaban —como lo había hecho otra multitud delirante en Girardot, cinco horas antes—: “Forero, sí. Forero, sí”. Yo ocupé el segundo puesto en la etapa, y el primero en la IV Vuelta a Colombia.

La catástrofe

Aún formaba parte de las fuerzas armadas, el 11 de julio del año pasado, cuando ocurrió la catástrofe del cerro de Santa Elena, en la que perdieron la vida mi madre y mi hermana mayor, María Angélica, de 19 años, y quedaron gravemente heridos mis hermanos Juan de Dios y Francisco Alberto, el menor. Para esa época yo me encontraba hospitalizado, a consecuencia del accidente en motocicleta de que he hablado antes, y en el cual me fracturé las dos manos. Pero ya me estaba restableciendo. Como no podría correr en el campeonato nacional de Cali, me habían nombrado entrenador del equipo de las fuerzas armadas. Me encontraba en los cuarteles de Usaquén, el 11 de julio, cuando se conoció la noticia de que el cerro de Santa Elena —tan estrechamente vinculado a mi carrera, pues en él aprendí a trepar y batí mi primer récord— se había derrumbado y dado muerte a una multitud. Yo sabía que la casa de mi familia estaba a menos de tres kilómetros del lugar de la catástrofe, pero no se me ocurrió que algunos de mis parientes hubieran sido víctimas. Y cualquier impresión que hubiera podido tener en ese sentido se desvaneció esa misma tarde, cuando recibí una carta de mi madre. Estaban bien decían. Naturalmente, la carta había sido puesta el día anterior.

“Mi cabo, levántese”

Al día siguiente viajamos a Cali. De manera que nos acostamos temprano, para madrugar en forma, y rápidamente concilié el sueño, sin volverme a acordar de la catástrofe de Medellín. Pero exactamente faltando un cuarto para las dos de la madrugada, alguien tocó a mi puerta:

— Mi cabo, mi cabo, levántese.

No respondí. Seguí haciéndome el dormido, porque me imaginé que me llamaban para algo relacionado con las bicicletas y los repuestos que llevaríamos a Cali. A los dos minutos volvieron a insistir, con golpes a la puerta. De mal humor, salté de la cama, me envolví en las cobijas y me fui a la guardia.

La cara del comandante y la de todos los que le acompañaban me causó susto. Estaban lívidos. El comandante me preguntó:

— ¿Es usted muy nervioso, cabo?

Algo muy vago

Luego me contaron una cosa muy vaga. Dijeron que alguien había citado por radio que “la familia del ciclista Ramón Hoyos” había muerto en la catástrofe. Pero nadie estaba seguro. Envuelto en la cobija, todavía sin despertar por completo, estuve tratando de captar las emisoras de Medellín, que transmitían noticias sin interrupción. Sin embargo, nada se decía de “la familia del ciclista Ramón Hoyos”.

Pensé que se trataba de una falsa alarma. Todavía envuelto en la cobija, dejé dicho en el comando que si tenían alguna confirmación me avisaran, y regresé a mi cama. Inmediatamente me quedé dormido.

El sueño

Entonces fue cuando tuve el sueño: soñé que mi madre estaba en la clínica León III —donde nos internaron para la segunda vuelta— con una pierna fracturada. Conversamos largo rato, sobre muchas cosas que no recuerdo bien. Pero me dijeron que no había ningún peligro, que dentro de pocos días estaría completamente restablecida. Además, se mostró mi madre muy satisfecha de que me hubieran dado licencia para visitarla.

Sé que seguí durmiendo hasta mucho después de que se acabó el sueño. Pero cuando desperté, me pareció que aquel sueño había sido una realidad, y me sentí tranquilo. A las cinco de la mañana me puse en pie. Fue cuando salía a buscar el vehículo para Bogotá, cuando volvieron a enredarse las cosas. El oficial de servicio me dijo:

— Siento mucho lo que le ocurrió, cabo.

Como entre nieblas

Dispuesto a averiguar qué estaba pasando, me presenté al coronel Aránbula. Él me confirmó la noticia, pero la persistente sensación de mi sueño no me permitió darme cuenta de la realidad. Sé que habló por teléfono con el coronel Nayas Pardo, y que éste dio una orden: debía reclamar cien pesos en la caja, para el pasaje a Medellín. Y en caso de que no consiguiera cupo debía avisar, para poner a mi disposición un avión de las fuerzas armadas.

¡La verdad!

Me dirigí a Bogotá en automóvil. No pensaba en la catástrofe, pues no había podido formarme la idea de que era cierto. Sólo cuando llegué a la avenida Jiménez toda la verdad se me metió turbulentamente por los oídos. Un voceador de prensa pasó junto a mi automóvil, gritando que “la familia de Ramón Hoyos pereció en la catástrofe”.

Compré el periódico, sin poder dar crédito a mis ojos. Costó tanto trabajo convencerme que antes de preguntar en las oficinas de la empresa aérea si había cupo para Medellín fui a las oficinas de los periódicos a que me confirmaran la noticia.

No había cupo en los aviones. Ni en los aviones de carga. Desesperado, regresé a Usaquén y pedí el prometido avión de las fuerzas armadas. Un poco antes de las cinco de la tarde, bajo una lluvia tenue y gris y con las dos manos enyesadas vi desde el avión la tremenda desgarradura ocasionada por los derrumbes, en el cerro donde batí mi primer récord.

Extrañas coincidencias

Recuerdo confusamente mi entrada a la casa, con mi uniforme de cabo del ejército. Los cadáveres de mi madre y de mi hermana estaban siendo velados en la sala. Los vi al pasar, pero estaba tan atolondrado que me dirigí directamente al patio, y luego a la alcoba donde se encontraban, gravemente heridos, mis dos hermanos. Confusamente, muchas voces me fueron contando la catástrofe. Habían ido a ver el derrumbe de la mañana y habían sido sorprendidos por un nuevo derrumbe, a las seis de la tarde. Más o menos a esa hora, el día anterior, yo estaba leyendo la carta de mi madre.

Luego, cuando me siguieron contando me di cuenta de cómo estaba llena de coincidencias extrañas aquella catástrofe. Durante toda la noche habían tratado de rescatar los cadáveres de mi madre y mi hermana. Los rescataron en la madrugada, aproximadamente a la misma hora en que yo me consolaba con el sueño de que mi madre estaba con una pierna fracturada, en la clínica León XIII.

Crisis

Nunca me ha gustado el alcohol. Pero esa noche, mientras se velaban los cadáveres, tomé aguardiente antioqueño. No sé por qué lo hacía, pero sé que me sentía mejor, todavía embotado, sin un claro sentido de la realidad.

Entonces fue cuando vino esa época de la que he hablado. Me desmoralicé por completo. Fumaba sin medida. Bebía cada vez que tenía oportunidad, y abandoné por completo mi régimen deportivo. No quería saber nada más de la bicicleta.

Gracias al entrenador Julio Arrastía, logré reponerme de esa crisis. Mi buen amigo argentino, en largos y pacientes sermones, me convenció de que volviera a los entrenamientos. No sé por qué le hice caso, pero ahora me alegro de haberlo hecho: pocos meses después, gracias a la moral que me infundió Julio Arrastía, obtuve una de mis victorias notables y satisfactorias: la de Puerto Rico.

Conclusión

Hoy me siento en forma. Es mucho lo que se habla de mis proyectos. Se dice que pienso casarme. Que pienso retirarme del ciclismo y un millar de cosas más. Pero sólo dos cosas son ciertas: no pienso casarme por ahora y deseo seguir corriendo. Creo que todavía puedo rendir varios años.

Sólo que cuando pienso que tendré que participar en otra Vuelta a Colombia, me da una pereza terrible. Me alarma mi compromiso con el público. Con este público colombiano que cada día exige más y más, cuando ya uno sólo vive para darle a ese público todo lo que puede.

© Copyright Jesús Ángel, Algunos derechos reservados. Escrito para: Ciclismo máster

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